El Lazarillo en la Alhambra
LA semana pasada saltó la noticia: según la insigne paleógrafa Mercedes Agulló existen pruebas fundadas de que Diego Hurtado de Mendoza fue el, hasta ahora, anónimo autor de La vida de Lazarillo de Tormes, una de las grandes obras de la literatura universal. No es la primera vez que se atribuye a Hurtado la autoría de esta obra, en 1607 el bibliógrafo flamenco Valerio Andrés Taxandro lo hizo, y a partir de entonces otros muchos, Ángel González Palencia, Erika Spivakovsky, etc., lo señalaron también como el verdadero autor.
Don Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) fue uno de los más cualificados escritores de la Corte de Carlos V. Hijo de Íñigo López de Mendoza y Quiñones, Marqués de Mondéjar, Primer Alcaide de la Alhambra, nació en esta fortaleza en 1503. Al ser segundón en la casa de su padre su educación se encaminó hacia la carrera eclesiástica, lo que le hizo adquirir una gran formación en filosofía, leyes y humanidades. Sin embargo, no debió agradarle demasiado esta disciplina, ya que muy pronto comenzó a destacar como militar y diplomático. El Emperador Carlos V le encomendó varias misiones de importancia en las cortes de Inglaterra, Venecia y Roma, y en esta última fue decisiva su mediación para el comienzo del Concilio de Trento. Más tarde, sería nombrado gobernador militar de Siena, ciudad que tuvo que abandonar precipitadamente a causa de una conjuración; en esos días corrieron de boca en boca unos versos satíricos dedicados a ridiculizarle que hacían alusión a unos amoríos con una hermosa judía veneciana: Diego Urtado Mendozza, arcimarrano,/ nemico a tutt´Italia, al cielo, e al mondo...
Con motivo de este desdichado episodio, el Emperador lo destituye en 1552 de todos sus cargos y se le abre un proceso que no concluiría con su absolución hasta 1578. Es en esta época (1554) cuando se publica la primera edición de La vida de Lázaro. No pararon ahí sus aventuras, pues en 1556 recibe los hábitos de la orden de Alcántara y tres años después sabemos que está en Bruselas. Al poco de nombrarle el nuevo emperador Felipe II, Virrey de Aragón, en 1568 se vio envuelto en un duelo con Diego de Leyva en el mismo Palacio Real, a las puertas del dormitorio en donde agonizaba el príncipe Carlos, con lo que lo escabroso del asunto se multiplica al relacionarse con este episodio oscuro de la historia de España. El rey Felipe lo encarceló en el Castillo de la Mota y después lo desterró a Granada, en donde ya había comenzado la rebelión de los moriscos de la que sería testigo de excepción y excelente cronista en su obra más notable hasta hoy, Guerra de Granada.
Fue ejemplo cabal del caballero renacentista: muy culto (llegó a enfrentarse con el confesor del emperador a quien le aseguró que "sabía más filosofía que él"), arrogante, diplomático, mujeriego, políglota, humanista, excelente poeta, a quien el mismísimo Lope de Vega dedicó el siguiente halago: "¿Qué cosa aventaja a una redondilla de Don Diego Hurtado de Mendoza?" Magnífico bibliófilo, hasta el punto de que se cuenta que el emperador Felipe II no cejó hasta que consiguió, a cambio del perdón real, que don Diego le legara su magnífica biblioteca para formar parte de la que estaba reuniendo en El Escorial. Allí podemos conocer hoy su magnífica colección de libros italianos, los manuscritos copiados Nicolás Solferino o Arnoldo, los raros incunables encuadernados con los colores de su casa. Hasta su muerte, relatada por Marañón, fue especial: resistió con entereza la amputación sin anestesia de una pierna que se le había gangrenado.
La trayectoria literaria de Hurtado de Mendoza ha estado siempre ligada, de una manera o de otra, a los avatares literarios de Lázaro de Tormes. En 1555, un año después de La vida del Lazarillo, el impresor de Amberes Martín Nucio editó anónima también La segunda parte de lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, junto a otra nueva edición del primer libro. Apenas quince días antes de la revelación de Mercedes Agulló, Rosa Navarro especialista también, atribuía la autoría de dicha segunda parte precisamente a Hurtado de Mendoza. Según ella, es muy probable que el caballero granadino, miembro de una de las familias más poderosas del reino, fuese el autor de una historia en la que Lázaro naufraga, camino de Argel, y se ve obligado a vivir entre los atunes del fondo del mar una aventura que Menéndez Pelayo calificó de "necia e impertinente en la que el anónimo continuador dio muestras de no entender el original que imitaba. Convirtiole en una alegoría insulsa, cuya acción pasa en el reino de los atunes". No obstante, la alegoría como han demostrado Richard E. Zwez y la propia Rosa Navarro es una "alegoría política contra el emperador y su corte".
Según Rosa Navarro, todo coincide para que Diego Hurtado de Mendoza sea el autor de esta segunda parte de las fortunas y adversidades de Lázaro de Tormes.¿ Y por qué de la primera? La profesora Navarro ha pasado los últimos años de su carrera investigadora intentado demostrar que el autor anónimo del Lazarillo era Alfonso de Valdés y lo que argumenta en contra de Hurtado es que, según ella, era un prosista "mediocre" y que La vida de Lazarillo de Tormes "no refleja ni sus preocupaciones ni sus intereses". La primera afirmación es, cuando menos, discutible. Para un lector atento de la Guerra de Granada no puede pasar desapercibido el magnífico uso de la prosa castellana que hace don Diego, y en cuanto a los intereses o las preocupaciones que refleja la obra ¿son más próximos a Hurtado los intereses y las preocupaciones de los atunes del reino del fondo del mar? Si una obra es una alegoría política de la corte del emperador Carlos ¿por qué la otra no puede ser una crítica de la sociedad que esa corte representaba? ¡Quién sabe! Los documentos que ahora presenta Mercedes Argulló y los argumentos fundamentados en ellos que nos va a ofrecer próximamente en una detallada obra, quizá puedan aclararlo.
Mientras tanto, preferimos soñar, como hubiera soñado nuestro querido maestro Antonio Gallego Morell, con una Granada en la que los poetas fundaban la poesía moderna en lengua castellana y los prosistas las extraordinarias narraciones antecesoras de la gran novela cervantina.
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