Juan A. Villareal

Derechos Humanos

encuentros en la academia

20 de diciembre 2011 - 01:00

UN diez de diciembre de hace sesenta y tres años se redactó el documento en el que se establecían los derechos fundamentales de la persona por el simple hecho de ser eso: una persona.

Tanto años después parece que no ha pasado el tiempo suficiente para que lo escrito en aquel documento pueda hacerse realidad. Durante todo este período transcurrido se han ido incumpliendo sistemáticamente todos y cada uno de sus artículos, haciendo una burla cruel y sangrienta a esas palabras llenas de buenas intenciones y de mejores deseos. Como si con los actos emborronáramos lo redactado. Como si cada incumplimiento fuese un tachón a la dignidad del hombre.

Y es que los humanos somos así de contradictorios, así de incongruentes o así de hipócritas. Se nos llena la boca de palabras como "respeto", "honor", "solidaridad" y otras tantas de este o parecido campo semántico, mientras con nuestros hechos hacemos todo lo contrario de lo que decimos. Y, además, tenemos hasta el cinismo de escandalizarnos antes las actuaciones de los demás.

Más de medio siglo de derechos humanos incumplidos y, sin embargo, hacemos referencia a su Declaración como si ésta hubiese sido un logro de la humanidad, en parangón con el descubrimiento del fuego o la conquista del espacio.

Por eso, sería bueno que mirásemos a nuestro alrededor y contemplásemos la cantidad de atentados contra el ser humano que se siguen cometiendo: explotación de los inmigrantes, redes de prostitución y trata de blancas, narcotráfico, esclavitud de niños y de seres indefensos, venta de bebés, maltrato a las mujeres, desprecio a las personas por su condición de pobres o de ignorantes… En fin, toda una larga lista que, tristemente, podríamos aumentar con muy poco esfuerzo.

Y después de haber realizado ese somero examen, deberíamos pensar si tenemos motivos para celebrar el sesenta y tres cumpleaños de los Derechos Humanos o el sesenta y tres aniversario del fallecimiento de un documento que nació muerto porque el mismo ser humano que lo creó no estaba en la voluntad de cumplirlo.

Lo que sucede es que siempre existirá un grupo de ilusos, utópicos, luchadores que intentarán impedir que el cadáver se entierre y que lucharán para que siga estando al aire libre a ver si, por lo menos, su olor nauseabundo y su aspecto corrupto sirven para remover algunas conciencias.

Yo creo que esa es la gran misión de la Declaración de los Derechos Humanos: estar ahí como denuncia silenciosa, pero constante y tenaz, de los múltiples escarnios que cometemos con ellos. Así puede que, al recordarlos, se nos caiga la cara de vergüenza.

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