Enrique / García-Máiquez

No sea usted provinciano

de poco un todo

22 de abril 2012 - 01:00

EL Día del Libro, que se celebra mañana, me pone de pésimo humor. Todos o casi todos los días deberían ser del libro o, mejor dicho, de los libros. Consagrarle un día al año es un síntoma preocupante, pues esos días especiales se dedican, como nos recuerda Francisco Bejarano, a causas desesperadas como la capa de ozono o la conciliación de la vida familiar. Nadie le dedica un día (uno solo y por decreto, quiero decir) al fútbol.

Permítanme, pues, que aprovechando el mal humor les prevenga contra una bobada de curso común: la de que los libros son muy caros, y que no se lee por eso. No lo digan nunca. Si uno piensa que al comprar cualquier libro se lleva a casa la obra auténtica, ¿cómo que es caro? Un Quijote en una edición excelente puede costar alrededor de 50 euros y hablamos del equivalente literario a Las Meninas de Velázquez. ¿Quién nos las compraría ya mismo por 50 euros, y por 500, y por 5.000, y por 50.000…?

Pero es que además los clásicos los regalan. Las tiendas de libros electrónicos basan su negocio en los best-sellers y en las novedades, y permiten bajarse gratis sus ediciones de los clásicos. Es el mundo al revés, como si regalasen el oro y vendiesen el plomo, pero, en consecuencia, nadie puede excusarse de que no lee porque son muy caros los libros. Y si a uno no le gustan los libros electrónicos o la tecnología le parece cosa de chinos, todavía están ahí las bibliotecas públicas, tan generosas.

Ni siquiera con la crisis la lectura tiene de qué preocuparse: es inmune. El auténtico problema de los verdaderos aficionados no es el dinero, sino el tiempo, el insasible. Pero la mayoría de la gente ni se lo plantea, porque siente aversión a los inagotables clásicos. En esto, el análisis de T. S. Eliot es certero. Detecta el premio Nobel que en otras épocas abundaron los provincianos según el espacio, o sea, aquellos que apenas habían salido de su comarca y que creían que lo suyo era lo mejor del mundo. Ahora, que apenas quedan provincianos espaciales, se multiplican los provincianos temporales, que creen que nuestro tiempo es la repanocha y que todo lo anterior es una antigualla. Gente que no se quita jamás la boina de su tiempo, aunque ésta sea una gorra de beisbol o la capucha de un chándal. Pero leyendo podemos, no sólo despreocuparnos del dinero, sino tratarnos con las mejores almas de la humanidad, tal y como hacía Maquiavelo, que se vestía por la tarde con sus mejores galas para leer a los maestros, como signo de respeto. Somos no sólo ricos sino aristócratas, si queremos. Las quejas están de más.

Aunque me temo que esté haciendo aquello del párroco que en sus homilías del domingo echaba una bronca tremenda porque la gente no guardaba el precepto dominical a los feligreses que estaban allí. Los lectores de este artículo sabrán todo esto de sobra. Perdónenme: pero si no protestaba un poco por el Día del libro, reviento.

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