Enrique / García-Máiquez

Soplo genial

DE POCO UN TODO

24 de octubre 2012 - 01:00

MI hija le da vueltas a un globo deshinchado. Se lo acerca a la boca, que pone de piñón. Echa sobre él un hilillo de aire con la delicadeza con que se empuja a una mariposa para ponerla a volar. Y una mariposa volaría, pero el globo, impertérrito. Su plástico pegajoso y encogido no tiene corazón. Ella le da varias vueltas más, tal vez tratando de usar el método circunvalatorio con el que los judíos conquistaron Jericó. Pero antes de la séptima vuelta se da por vencida y me lo ofrece: "No puedo". Yo me lo acerco a la boca de pez tambor, pongo mofletes de saxofonista de color, y el globo -quizá por ósmosis- comienza a hincharse. Mi hija me mira arrobada y suspira: "Soplas genial, papá".

He tenido bastante suerte en la vida y he recibido más alabanzas que insultos, más aplausos que críticas y, cuando no había por dónde cogerme, muchísimos más silencios misericordiosos que deditos en la llaga. Sin embargo, ningún elogio me ha emocionado tanto. Ya sé quién soy: alguien que sopla genial. He recordado a Chesterton, que se hizo y nos hizo (más o menos, cito de memoria) esta gozosa pregunta: "¿Por qué obstinarse en ser alguien para todos cuando se puede ser todo para alguien?".

No quiero pecar de ingenuo. Sé que tarde o temprano dejaré de soplar genial, o porque se me debilitarán -Dios no lo quiera- los pulmones o porque mi hija descubrirá que también, no sé, mi suegra o sus amiguitos o ella sola pueden soplar considerablemente bien o porque acabará perdiendo el interés por los globos. Espero no entristecerme entonces. Primero, porque me sé de memoria mi Keats: A thing of beauty is a joy for ever. Y para no olvidarlo, aquí dejo el momento, retratado.

Después, porque siempre podré, poniéndome melodrámatico, encarar la tragedia con un "Al menos, decepciono genial". Aunque no creo que haya que asumir así como así el destino de decepcionar a los hijos, ni siquiera durante la arisca adolescencia. Las admiraciones pueden ir pasándose la bola, relevándose, como me pasó con mis padres. Esta primera como inflador de globos, tan dulce, que quedará flotando como un recuerdo, no deja de ser, confesémoslo, una admiración de aire, un tanto vaporosa, de nube de algodón.

Al final, los hijos, tras hinchadas admiraciones y explosivas decepciones como pinchazos o fríos desinflamientos, tienen que llegar a admirarnos por lo que hacemos de una manera insuperable: "Me quieres genial, papá". Cuando me diga eso ya no escribiré un artículo. Sería demasiado verdadero. Lo que haré será acercarme a su oído y soplarle feliz, genial, suavito. Esa vez será un silbido que susurre: "Eso sí que sí".

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