Enrique / García-Máiquez

Pajaritos por aquí

DE POCO UN TODO

21 de noviembre 2012 - 01:00

COMO una réplica de Twitter, nuestras reuniones son una pajarería. Todos queremos meter baza a la vez y que nos escuchen todos. Lo logra quien aprovecha su milésima de segundo. Quien piensa, pierde… la vez. Hay que estar adiestrado en la red social del pajarito para que nuestro pío no supere jamás los 140 caracteres.

Qué se hizo de los caudalosos monólogos shakesperianos o de los sazonados discursos cervantinos. Joubert detectó: "Se piensa precipitadamente y se expresa con cuidado, estudio y esfuerzo: es un defecto del siglo". Del suyo: ahora también se piensa, siendo optimistas, precipitadamente, pero se expresa más rápido aún. Llevamos siglos recortando las frases. Proust las alargaba, pero con una pulsión agónica que no presagiaba nada bueno. A partir de entonces, ponemos puntos pronto. Padecemos la atracción del monosílabo y un vértigo atroz a la frase honda, con fuerza para adentrarse en la espesura de las subordinadas y capaz de salir, a pesar de todo, ilesa y luminosa sin haber perdido ni el hilo ni el aliento, y quizá con alguna riqueza psicológica o con alguna belleza expresiva recogida al margen de su demorado camino. ¿Cuándo empezamos a atajar? ¿Fue el telégrafo el culpable. Stop? No sé, pero los recortes -signo de los tiempos- ya alcanzan el paroxismo. Twitter no es la causa, sino el reflejo exitoso. La conversación-ping-pong, los SMS, los emoticonos… nos fascinan.

No quiero pecar de hipócrita siendo tan aficionado a los aforismos y algo a Twitter, pero me preocupa que la brevedad no sea gusto y lujo, sino indigencia. Hoy, con pocas excepciones, quien tiene que tomar la palabra se limita a ensartar eslóganes y tópicos, si es un profesional. Los amateurs, cuando tras tanto griterío nos encontramos con una audiencia silente por un raro azar o por el sopor del final de la cena o por la afonía generalizada, nos desconcertamos, nos aterrorizamos, nos aturullamos y terminamos (en un segundo) pidiendo la hora, suplicando con ojos desorbitados alguna interrupción impertinente, por piedad.

Urge recuperar el arte de escuchar de veras, de leer a fondo y, si toca, de hablar con pausa. Hay matices sentimentales que necesitan las sinuosidades de una frase calmosa para ser expresados. Igual ocurre con el análisis de la actualidad, que no puede dejarse a la crudeza impactante de los titulares y al consiguiente eco del recoveco tertuliante. El periodismo se la juega frente a esta epidemia de lo epidérmico, pero es mucho más lo que está en juego. La comprensión profunda de la realidad. Y en otro orden de cosas, el interés que a uno le pueda quedar en la vida social.

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