
La aldaba
Carlos Navarro Antolín
La tajada de la religiosidad popular
Su propio afán
Ayer despedimos al "Juan Sebastián de Elcano". La despedida, más que evento, es rito. Por su periodicidad litúrgica; y por sus vestiduras y gestos. Las velas, como pañuelos blancos; las estelas de los barcos de motor, como pañuelos blancos; las nubes, como pañuelos blancos. Y también es un rito por el sacrificio. La bahía de Cádiz se abre (nunca es más una mano entreabierta que cuando suelta a Elcano) y entrega al mundo el buque que guardaba en la apretada curva de sus orillas. El provinciano que llevamos dentro querría quedarse con él para siempre. El adiós es renuncia y purificación.
Entonces me pregunto qué es más de Cádiz, si Elcano con sus vueltas al mundo o el Vapor, ay tan vivo aún en la memoria, con sus idas y venidas del Puerto a Cádiz, de Cádiz al Puerto. Y me respondo como mis hijos, que se descuelgan sabiamente de mis secas disyuntivas: los dos. El Vaporcito era más sólo de Cádiz, como es obvio; pero no más de Cádiz. Elcano es "gaditano por los cuatro palos", como ha declarado el Almirante jefe de la Flota, Santiago Bolíbar, que es quien tiene la autoridad; y lo ha reconocido la Diputación de Cádiz, otorgándole su Corbata, el máximo distintivo de la provincia. Representa la Cádiz universal, al modo de Juan Ramón, que era el andaluz universal; y lleva Cádiz a Montevideo y a Boston, a Buenos Aires y a Río de Janeiro. Lo reconoce el Derecho Internacional y el buque es territorio nuestro surque los mares que surque, atraque donde atraque.
Alguien precisará que la soberanía es nacional y que Elcano no representa sólo a Cádiz, sino a toda España. Claro, pero no quita ni un ápice a su "gaditanidad" el que simbolice a la nación entera ni que lo sientan muy suyo los gallegos, donde recala, y los vascos, como es lógico, especialmente los de Guetaria, por derecho de nacimiento del titular. Dejemos las minucias y los compartimentos estancos a los nacionalistas. Lo pontevedrés no quita lo gaditano.
Que el rito sea a la despedida es bien elocuente. Hay una apología apoteósica de la universalidad de Cádiz cuando lo que se convierte en una fiesta es el hecho de que Elcano nos deje. Constatamos y celebramos que la bahía no es un pantano: se abre a todos los mares. Que la ciudad no se mira al ombligo, extasiada, estática: Cádiz se marcha -Elcano, un trozo de su corazón, un pedazo blanco de su skyline, un balcón volado- y volverá, y volverá a irse, y volverá, Cádiz.
También te puede interesar
La aldaba
Carlos Navarro Antolín
La tajada de la religiosidad popular
La esquina
José Aguilar
Montero intensa...
El balcón
Ignacio Martínez
El honor del rey castizo
Por montera
Mariló Montero
La Princesa y la prostituta