Enrique / García-Máiquez

Nunca no me gusta

Su propio afán

16 de abril 2016 - 01:00

MI hija llega a la cena a medias desolada, a medias enfadada conmigo. Lo que yo le había dicho que era de muy mala educación, cuando se lo ha contado a sus amiguitos, no les ha parecido tan mal, han discutido, lo han sometido a referéndum y mi hija ha perdido la votación por minoría absoluta. No sé quién les ha enseñado a tan tierna edad (cinco años) a resolver los problemas y a zanjar las discusiones con plebiscitos, como si estuviesen en una viñeta de Mafalda. (Claro que Mafalda es mejor que resolverlo a patadas y a pedradas.)

La cuestión en cuestión era si decir "No me gusta" cuando te sirven cualquier plato, resulta o no resulta de malísima educación. Yo lo veo fatal, y así se lo he transmitido a mi hija. En mi caso, tiene escaso mérito porque me gusta todo y lo que no mata engorda, y así me he puesto. Pero en el caso de los niños es importante que aprendan a agradecer la comida en su plato y el cariño de quien se lo ha servido. Con todo, como era de esperar, mi ideal ha salido derrotado del referéndum, como es costumbre. Y ahora sólo me queda, como es costumbre, el consuelo de la filosofía.

Le he explicado a mi hija que la democracia es un sistema estupendo para escoger entre varias alternativas posibles, pero que, como criterio de verdad, no funciona. "Veamos", digo "¿de qué color es tu vaso?" "Rosa", contesta sin dudar. Y replico: "¿Se volvería amarillo si todos los de la mesa decidimos que lo sea, amarillo chillón, fosforescente?". "No, no", se ríe, reaccionaria.

Entonces abre la boca y temo que se arranque alegando el riesgo real del daltonismo, lo que nos complicaría algo la clase de teoría política. Tendríamos que hablar de los criterios de verdad: del sentido común, de la autoridad, de gnoseología y epistemología y, en última instancia, de la tolerancia con los daltónicos.

Pero ella va más lejos: a la moral. "El problema, papá, es que, a veces, no me gusta". Bien, eso se sabe. Y lo que se sabe, no hay que decirlo, por ahorro energético y por horror a la redundancia. No eres mentirosa, porque entra en juego la ironía, que es la clave de cualquier buena educación. Se sabe que no tiene que gustarte, y basta con no decirlo, servirse menos y tomar tres o cuatro cucharaditas musitando: "um". Es como una broma, un sobrentendido que hace la vida cómoda y hermosa a los demás. Y que, al final, juega jugando, hará que te guste -un poco menos, un poco más- todo.

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