Enrique / García-Máiquez

Querer ser ultra

Su propio afán

06 de mayo 2016 - 01:00

MI hijo de cuatro tiene temple épico. Hasta que se estrenó El despertar de la fuerza, andaba muy preocupado con la muerte de Darth Vader, porque, sin malo, ¿cómo continuarían las aventuras de La guerra de las galaxias? A alguien hay que enfrentarse. Y el otro día, que íbamos a ver Ivanhoe, para convencer a la hermana, que no era partidaria de tanta espada medieval, le dije que también era una película de amor. A lo que apostilló mi hijo, pedagógico: "Claro, Carmen, porque, si es de guerra, también tiene que ser de amor, porque sin amor no se lucha".

Quedé admirado; y escocido. Están exhibiendo en Madrid unas fotografías blasfemas que mezclan pornografía con referentes de la religión (católica, desde luego). Han provocado algunas reacciones del público, como una pintada a la puerta de la sala de exposiciones y unos gritos aislados. La prensa ha calificado estas manifestaciones como exponentes de la ira ultracatólica, que ya se ve que no tiene mucho que ver con la ira de otros colectivos, aunque eso lo digo yo, no ellos. Aquí todo el mundo tiene derecho a ofenderse, menos los católicos, que tienen el deber de callarse. Y, en relación a esto, me escuecen las palabras de mi hijo a su hermana mayor.

Porque yo no tiendo a la lucha. Me temo que estoy rodeado generacionalmente entre mi hijo, el épico, y mi madre, que nos decía que, si alguien nos llamaba tontos o hasta hideputas (digámoslo a la cervantina), nos riésemos, pues ya sabíamos que aquello era una falsedad evidente y un disparate idéntico a decir que el sol es frío o la nieve ardiente. Mi madre trataba de evitar que nos enzarzásemos en las polvorientas peleas de patio de entonces. Pero no se habría mostrado tan bienhumorada, si en vez de a ella, los insultos hubiesen sido a la Virgen o a Santa Teresa, de la que era muy lectora.

Sopesándolo todo, yo querría ser un ultra. Indignarme y dolerme por esas provocaciones que se hacen pasar por arte para pasar por caja. Si sólo me sale indiferencia o, como mucho, desdén o una sonrisa de hastío, bien podría ser, como deduce mi hijo, porque me falta amor. Y también tendría que hacer una reflexión sobre la pornografía y su inquietante querencia a la violencia, incluso al delito, desde luego al machismo y, a menudo, a la blasfemia, como si no tuviese bastante con lo suyo. Quisiera que este artículo, al menos, me contase como una pintada herida, como un grito de repulsa.

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