Rafael Sánchez / Saus

Mala calidad

Envío

30 de marzo 2009 - 01:00

LA calidad no ha sido una exigencia real de la vida española contemporánea. Por eso, era factible convencernos de que podía suplirse con sol, playa y chiringuito, y que en la sobreabundancia de esos elementos consistía la verdadera "calidad de vida", sin nada que ver con los exigentes criterios laborales, educativos y morales de otras latitudes menos complacientes. Casi todos llegamos a creérnoslo.

La crisis multiforme que golpea al mundo está revelando las flaquezas y pecados de cada pueblo, dándole donde más duele. La codicia insaciable de los anglosajones recibe así un castigo que, sin embargo, pronto será redimido por sus virtudes tradicionales de esfuerzo, energía y entereza, pero la mala calidad de la vida española, de sus instituciones y productos, está siendo sometida a una prueba feroz. Lo que la crisis ha venido a poner en claro, al desgarrar trampantojos y arrumbar decorados, es la gran mentira de las estructuras laborales y empresariales, financieras y sindicales, políticas y culturales del patio español. De repente, muchos incluso concluyen que el Gobierno no es más que una suma de incapacidades, brutalmente resumida por Rodríguez Ibarra en su reciente y ya célebre definición como un conjunto de "viejos, mujeres y niños". Es fácil y tentador arrastrar por el barro a los que ayer se ensalzaba, pero no podemos olvidar que lo que nuestra particular y doméstica crisis está poniendo ante el espejo no es sólo a un Gobierno al borde del desahucio, sino al modelo social surgido de la Transición.

Entre las tristes marcas que nos hemos acostumbrado a batir año tras año -consumo de drogas, prostitución, maltrato y delincuencia, entre tantas- el aumento explosivo de la población reclusa es algo a lo que se presta poca o ninguna atención. En las cárceles españolas, donde en 1978 no había ni 10.000 presos, hoy se hacinan más de 70.000. El dato, todo un récord europeo que rompe nuestra benévola imagen de país de libertades, está agravado, además, por la percepción general de que el delito en España ni se persigue ni se castiga. Pero si aquí hay muchos más delincuentes de todo género, fuera y dentro de las cárceles, que en cualquier país cercano, estamos ante otro clamoroso fracaso colectivo sobre el que muchos, como de costumbre, preferirán no indagar las causas. ¿Por qué en España es tan grande la tentación del delito y tan leve el miedo a incurrir en él? Hablo, por ejemplo, de la pareja de estafadores inmobiliarios gaditanos que durante años actuaron impunemente aunque todo el mundo, al parecer, sabía que eran unos sinvergüenzas. No es sólo una cuestión de penas más o menos duras, sino de amplia tolerancia con situaciones conocidas y admitidas sin reacción social. Se trata, una vez más, de esa cosa tan obsoleta llamada moral pública. Se trata de las raíces podridas que la crisis descubre.

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