Enrique / García-Máiquez

La diferencia

DE POCO UN TODO

24 de junio 2009 - 01:00

EN la Resolución Provisional de los Conciertos Educativos de la Consejería de Educación se han eliminado de la lista de centros subvencionados a los 12 centros no mixtos que había hasta ahora. Se les tacha de algo y por algo tan tremendo como practicar la discriminación por razón de sexo en la admisión de alumnos. Pero nadie es discriminado siempre que existan otras posibilidades de escolarización, como es el caso. Según mi sentido común de andar por casa, si nos ponemos así de mixtificadores, habría que considerar discriminatorios a los Juegos Olímpicos porque los deportistas compiten escrupulosamente divididos por razón de sexo. Esperen, no se rasguen las vestiduras, que por suerte no tenemos que acudir a mi sentido común (el menos común de mis sentidos, me temo). Hay instancias mucho más altas.

La Declaración Universal de Derechos Humanos, la Convención sobre los Derechos del Niño y la Convención relativa a la Lucha contra las Discriminaciones en el Esfera de la Enseñanza, entre otras, amparan el modelo de educación separada, en auge además en países tan democráticos como Gran Bretaña, Estados Unidos o Australia. El Parlamento Europeo, en un informe de 1 de abril de 2009, defendió la necesidad de la pluralidad educativa, respaldando la no mixta. Y el Tribunal Supremo en sentencia de julio de 2008 determinó: "No se puede asociar la enseñanza separada con la discriminación por razón de sexo".

Entre los pedagogos, unos consideran mejor la enseñanza diferenciada, otros la mixta. Todos tienen razones. Lo prudente sería que los políticos no tomaran partido por ninguna de las posturas y dejasen que los padres eligieran sin trabas lo que consideren más conveniente para sus hijos. Pero si se retiran los conciertos, sólo las familias con dinerito podrán optar por los colegios no mixtos, que serán exclusivamente privados. Imaginemos por un momento (como hipótesis de trabajo) que la educación no mixta fuese más eficaz: se estarían perpetuando los privilegios de clase.

No hace falta, sin embargo, construir hipótesis. Basta con la realidad. Si ambas educaciones presentan sus propias ventajas y son respetuosas con los derechos de los niños, ¿por qué no permitir (y alentar, incluso) que convivan los dos sistemas, abriendo así el abanico de la libertad? La tentación del totalitarismo es insistente y bienintencionada: nos invita a imponer nuestras opiniones -que son las acertadas, por supuesto, para nosotros- a la totalidad de la población, quiera o no. La única vacuna eficaz contra la intolerancia es un respeto total a la diferencia. Y en este caso particular, a la diferenciada.

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