Enrique García-Máiquez

Delitos y faltas

De poco un todo

20 de febrero 2011 - 01:00

SIEMPRE he padecido una casi invencible reticencia a corregir las faltas de ortografía de mis alumnos. Me parece que así se les transmite una idea especialmente nociva: la de que escribir bien es sobre todo poner las haches en su sitio. ¡Ojalá fuese tan fácil! Escribir bien es transparentar la realidad y la idea, y uno mira mal por una ventana si anda fijándose en la mínima suciedad que pueda tener. Por otro lado, grandes escritores cometen errores ortográficos a veces en sus apresuradas primeras redacciones o en su correspondencia.

Con todo, me yo tragaba mis reticencias. Soy profesor de Secundaria, esto es, de enseñanzas medias, y eso exige, como su nombre indica, no dedicarse sólo a los fines, sino muy aplicadamente a los medios. Aunque mediocre, la ortografía es un medio más para una escritura digna. Los churretes de la ventana pueden distraer y enturbian la mirada.

La Real Academia Española ha venido a irritarme la reticencia. Sus últimas normas no son normales. Incluso Javier Marías, académico, ha explicado requetebién que quitar la tilde de "guión" o de "truhán" no se corresponde con la pronunciación de esas palabras. A mí me choca aún más la manía que le tienen a las tildes. Que "sólo" y los pronombres demostrativos sólo las lleven en caso de duda me parece una molestia absurda para el que escribe. Uno no ha de pararse para saber si lo que pone es un pronombre, pero sí tiene que detenerse para ponerse en el lugar del lector y ver si a éste le surgirían dudas, y dudas razonables, de llevar o no llevar tilde. Por su parte, el lector consciente y quisquilloso, sobre todo si es académico, puede sentirse muy ofendido de que alguien le presuponga alguna duda a él, con lo claro que lo tiene todo siempre. Estas reglas nos exigen mirar demasiado a la ventana de la literalidad en vez de disfrutar de las vistas de la literatura.

Encima, los políticos, que no pierden oportunidad de complicarnos la vida, han decidido que no digamos ni Vizcaya ni Guipúzcoa, con lo bien que suenan. Habrá que nombrarlas sólo en vasco. ¿Se imaginan ustedes que nos obligaran a decir London, Bruxelles o Wien? Te entran ganas de firmar un manifiesto para que en el resto de España digan "Jhaara'é la Jierra". O, mejor, de no hacer ni caso, que es lo que pienso hacer. Me voy a hartar de poner tildes y no sólo en sólo sino en éste y en aquél, diré Vizcaya cada vez que me dé la gana, pondré las mayúsculas que me parezcan y llamaré truhán al primero que se atreva a tocarme los acentos. ¿Dejaré por eso de explicar las novedades ortográficas a mis inocentes alumnos? No. Aunque les animaré a no echar mucha cuenta. Ramón Gaya, con graciosa perspicacia, decía que se puede llevar una corbata fea siempre que se sepa que es fea. Pues más en este caso, que no son feas ni inútiles: podremos cometer estas faltas… sabiendo que hay quien dice que son faltas. Ya, ya.

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