
Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Insostenible
Su propio afán
Hoy, para celebrar el día del libro de ayer, tendré el honor de inaugurar una biblioteca para alumnas de primaria. En estos casos, salvando las distancias, recuerdo a Cernuda: "La poesía, el creerme poeta, ha sido mi fuerza y, aunque me haya equivocado en esa creencia, ya no importa, pues a mi error he debido tantos momentos gozosos". Entre ellos, sin duda, lo de hoy.
Podré contar a las nuevas lectoras dos historias para que no se conformen con las historias de marketing de que leer es útil, guay, cool y eso. Leer es una cuestión de vida o muerte, como demostró Sherezade. Ya saben, esa chica a la que casaron con un califa de muy malas ideas que degollaba a sus jóvenes esposas al despuntar el alba de la primera noche. Sherezade, que era lectora y lista, empezó a contarle una historia, que no terminó con la noche. El califa se mordía los puños: si mataba a la chica se quedaba sin el final, pero tenía que irse a gobernar. La noche siguiente, Sherezade sí acabó aquella historia, pero empezó otra tan emocionante o más, que dejó interrumpida. Y así, una tras otra noche, las mil y una que salvaron a Sherezade, y al hijo de ambos. Es el poder salvífico de los libros.
Claro que las niñas podrán replicarme que ellas no están casadas y que, cuando lo hagan, no será con un bárbaro como el califa. Sin duda, pero el califa es otro símbolo: las buenas historias las salvarán de la soledad mala, de pensar como todos, de la estrechez del espacio y de la brevedad del tiempo, de la tiranía de las apariencias… También les enseñarán el sentido de la aventura, del honor, del humor… Les ayudarán, sobre todo, a volverse sobre su biografía y verla con los ojos deslumbrados e impacientes del que lee (¡y escribe!) una novela.
Pero no olvidemos a las vacas sagradas de la India, a las que tengo gran devoción. Un mito o leyenda religiosa impide que los indios, aun muriéndose de hambre, se las coman. "¡Qué supersticiosos y poco científicos!", podríamos reírnos nosotros, etnocéntricos perdidos. Sin embargo, nunca hay que reírse de un buen cuento. Si los indios, con el progreso, se dijesen: "Ah, que sólo es una historia" y en la primera hambruna se comiesen de golpe todas las vacas, se quedarían sin leche, sin abono para el campo, sin becerros y sin animales para arar: sin futuro. El buen lector sabe que la mejor ficción encierra una verdad de vida o muerte, saborea la ficción y escoge la vida.
También te puede interesar
Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Insostenible
El mundo de ayer
Rafael Castaño
Velero de dos velas
Quizás
Mikel Lejarza
Trump y la diabetes
¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La venganza de América
Lo último