Enrique Gª-Máiquez

Los mil hijos de Falstaff

Su propio afán

El único principio ideológico que, por una coherencia literal, habría que asumir sería un feraz natalismo

11 de diciembre 2016 - 02:09

Aprovechando las últimas boqueadas el año Shakespeare, estamos a tiempo. Todo empezó cuando la cuidadosa Paula Fernández de Bobadilla me preguntó cómo traduciría yo las inmortales palabras de Falstaff: "If I had a thousand sons, the first humane principle I would teach them should be, to forswear thin potations and to addict themselves to sack". Va a citarlas en un libro y quería contrastarlas al máximo. Avisándole de que mi versión está coloreada por anteriores traducciones, propuse: "Si mil hijos tuviera, el primer principio humano que les inculcaría sería abjurar de toda brebaje desaborido y consagrarse por entero al jerez". Pero, por amarrar, contrasté mi versión con la traductora Aurora Rice, que dio su visto bueno, que es el bueno.

Comentamos la insólita hipérbole de los mil hijos, que parece que no viene a cuento, pero que aumenta su encomio del jerez por vía gozosa, trayéndonos al subconsciente un efluvio muy vitivinícola de regocijo y fertilidad. Entonces Rice sugirió, inspirada, que fundásemos de inmediato la sociedad de los mil hijos de Falstaff. O hermandad, mejor, puesto que los mil seríamos hijos, naturalmente putativos, del gran gordo. Lo de mil, ni uno más ni uno menos, resulta un generoso numerus clausus, que nos forzaría a reunirnos felizmente en un casco de bodega. Lo más bonito es que para entrar en esa hermandad no haría falta ningún juramento, sino un abjuramento: el de todo brebaje desaborido. La consagración por entero vendría por añadidura. El único principio ideológico sería un feraz natalismo.

Hace unos días, pidieron en una cena un vino de Rueda con una hermosa etiqueta. La fotografié y mandé al anglófilo Ignacio Peyró, porque él suele hacer lo propio con cada vino que le ponen por delante. Me advirtió: "Lo que no es jerez coquetea con la gula". Seguro que Falstaff aplaudiría esa bula otorgada al vino de jerez, que lo saca de golpe de la lista del pecado capital. Y enseguida añadió: "Hay que preguntarse si son necesarias muchas cosas más que el fino". Tuve que decir "Amén". La idea es tan buena que es posible que ya exista esa Hermandad, en cuyo caso, pido desde aquí mi ingreso. Si no, estamos dispuestos a instaurarla. Corran a apuntarse que luego el jerez alarga mucho la vida y quién sabe hasta cuándo no habrá una vacante. No está fundada la hermandad y ya (Paula, Aurora, Peyró y yo) no quedan más que 996 plazas. Seguro que vuelan.

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