Carranza vestido de alcalde

Alcalde elegido por Primo de Rivera, apostó por la obra pública, la Zona Franca y el desarrollo del turismo en la ciudad

J. A. H.

26 de noviembre 2017 - 02:01

Cádiz/Siempre es bueno conocer nuestra historia. Aprendemos de ella para lo bueno y lo malo. Un ejemplo: el actual gobierno de José María González podría haber aprendido del proceso de municipalización del abastecimiento de agua de la ciudad hace 90 años. Se planteó el proyecto el 20 de septiembre de 1927 y menos de un mes más tarde, el 14 de octubre, ya estaba culminada la operación, naciendo el germen de los SMAE. ¿Y quién estaba al frente de la Alcaldía? Ramón de Carranza y Fernández de la Reguera.

Nacido en El Ferrol en 1863, llega a una para él desconocida Cádiz cuando tenía 23 años de edad. Con buen ojo para los negocios y tras una exitosa carrera militar, pone en marcha empresas dedicadas, inicialmente, a la pesca, lo que le da una buena posición económica a la que pronto uniría su ascenso dentro de la sociedad gaditana, pues en aquellos años la burguesía aún residía en la capital de la provincia, al casarse en 1890 con Josefa Gómez de Aramburu.

En ningún caso ajeno a la política, será la presión de Miguel Primo de Rivera la que le anime, le obligue, a aceptar la Alcaldía de Cádiz en julio de 1927. Nos situamos en plena dictadura de Primo de Rivera, que ya iniciaba su decadencia, y con el que mantendrá una buena amistad que utilizará durante su mandato corporativo, que se interrumpirá con la llegada de la II República en abril de 1931.

Carranza seguirá durante su mandato la ruta ya definida por Primo de Rivera: mucha obra pública para reducir el paro obrero, a lo que el político gaditano unirá acciones relacionadas con la salubridad de la ciudad, la formación y, sobre todo, el desarrollo económico.

No olvidemos que en la década de los años veinte Cádiz seguía inmersa en una grave crisis. El astillero, privado en manos de Horario Echevarrieta, no lograba cerrar una carga de trabajo continuada. Por ello una de las apuestas de Carranza será la concesión de una Zona Franca para la ciudad, lo que logrará en 1929 con mucho esfuerzo. Lo que iba a ser el gran motor económico de la capital aún tardaría años, décadas, en despuntar.

Como alternativa más inmediata, el alcalde defenderá el carácter turístico de la ciudad, siguiendo la línea marcada sin éxito en 1910 por la Sociedad de Turismo. Se plantean obras de embellecimiento de la ciudad, mejorando el alumbrado urbano y la limpieza. Incluso se adoptan medidas higiénicas y estéticas, como los uniformes para los comerciantes de la plaza de abastos (sobre la que planteará obras de mejora y ampliación) e incluso con uniformes para los vendedores callejeros de la prensa.

Carranza centrará sus esfuerzos en la playa del Sur (la actual Victoria) con la construcción de un nuevo hotel sustituyendo al ya reducido balneario de la Victoria, que debía completarse con una zona deportiva con piscina incluida e incluso un casino. Todo ello para convertir Ingeniero la Cierva en el kilómetro cero del turismo playero, en competencia con el Gran Hotel Atlántico, para cuya construcción el Ayuntamiento no dudó en ceder suelo en el tramo final del parque Genovés.

Las carreras de caballo (llegará a encargar un proyecto para una zona hípica en la playa de Cortadura), las actividades náuticas y las veladas completaron la programación estival de la que se pretendía convertir en la San Sebastián del sur de España.

Se diseñó también un plan de renovación del alcantarillado. A la vez, se municipalizaba también el servicio del alumbrado público mientras que Carranza promovía un proyecto muy curioso: la construcción de un cine de propiedad pública, el Cine Municipal, al considerar que este espectáculo tenía un gran futuro y podía generar ingresos a las arcas municipales.

Arcas municipales que tuvieron que asumir el pago de la construcción del nuevo Cuartel de Artillería, levantado en suelo municipal junto a la Avenida como forma de pago por el paso a manos de la ciudad de los terrenos de los Glacis, que Carranza proyectó urbanizar aunque la llegada de la II República le impidió iniciar una obra muy deseada por él. Sí le daría tiempo terminar las obras de la nueva plaza de toros y las del edificio de Correos y Telégrafos, que se habían iniciado a principios de la década de los veinte.

La visión asistencial de la burguesía de la época destacando especialmente el inicio de la construcción de la Casa de la Maternidad; en educación culminó actuaciones iniciada antes como el colegio San Rafael y llegó a aprobar el proyecto de la Escuela Normal de Maestros.

En materia de vivienda, uno de los eternos problemas de la ciudad, el plan de Casa Baratas quedó más en una intención que en una realidad pues al final de su mandato las promociones, escasas en número ante la magnitud del déficit habitacional, seguían sin estar terminadas.

Tras el golpe militar del 18 de julio de 1936 Ramón de Carranza volvió a la Alcaldía que dejó con la II República. Pero esa es otra historia.

Dos Carranza en uno

El hijo de Ramón de Carranza, José León, gobernó Cádiz durante 21 años (1948-1969), marcando para bien o para mal la historia de la capital en la segunda mitad del siglo XX. Cabe pensar que el apellido Carranza pasa a ser un referente en la vida de esta ciudad debido a la larga estancia en el poder de José León de Carranza. ¿Qué quedaría en la memoria ciudadana de Ramón de Carranza si su hijo no hubiera ostensado el mismo cargo durante dos décadas? Pensemos que hay otros alcaldes de gobiernos breves en el tiempo, como Cayetano del Toro, Eduardo Genovés o Agustín Blázquez, que realizaron una fructífera labor ciudadana y que no tienen una relevancia histórica como la lograda por Carranza padre. Dos Carranza con una huella única para la ciudad que gobernaron.

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