Historia de la Velada de los Ángeles de Cádiz

Historia

Nacida como una prolongación de las fiestas del Corpus Christi, la Velada vivió en Cádiz momentos de esplendor que la convirtieron en una cita imprescindible y única en la ciudad

Fotografía de la Velada de 1884 mirando hacia el Gobierno Militar por Rocafull.
Fotografía de la Velada de 1884 mirando hacia el Gobierno Militar por Rocafull.
Joaquín Miguel Bonnemaison Correas - Investigador

06 de agosto 2023 - 06:00

Cuando hablamos de la Velada de los Ángeles nos referimos a una de las fiestas más importantes del Cádiz de la segunda mitad del siglo XIX. Nace como una prolongación del Corpus Christi que comenzaba a principios del mes de junio, alargándose las celebraciones hasta septiembre, lo que suponía para la ciudad la posibilidad de atraer numerosos visitantes procedentes de toda Europa y del resto de España con la consiguiente riqueza que eso suponía para una urbe que ya andaba sumida en la decadencia como consecuencia de la pérdida de la mayor parte de su comercio de ultramar tras el fin de su monopolio con América con la marcha de la Casa de Contratación, a finales del siglo XVIII, y la posterior independencia de los virreinatos españoles de estos mismos territorios a principios del presente, amén de un contexto de guerras e inestabilidad política. Aunque la festividad tenía un origen religioso también era una manera de mostrar la fastuosidad con la que la alta burguesía gaditana había vivido durante los tiempos de gloria, una gloria que empezaba a apagarse pero de la que aún restaba cierto brillo, como bien refirió el viajero germánico Friedrich Wilhelm Hackländer en su obra ‘Un invierno en España’ basada en su viaje a la ciudad entre 1853 y 1854: “¡Sí, Cádiz es una reina de los mares con velo de viuda!”. Era por tanto un acontecimiento a caballo entre lo sacro y lo profano.

Por tanto las principales instituciones y corporaciones de la ciudad aprovechaban para darse publicidad a través de magníficas casetas diseñadas ex profeso para cada una de ellas, arquitecturas efímeras, iluminaciones y exornos de todo tipo. Antes de pasar a referir la historia de la Velada a través de la obra ‘Calles y Plazas de Cádiz’ de Smith Somariba del año 1913 es necesario apuntar algo más, y es que esta fiesta era única en el panorama nacional, como única era también la ciudad en que se celebraba, es decir, el reflejo de una sociedad cosmopolita donde convivían comerciantes de todos los puntos de Europa y América, de una ciudad sustentada en una clase comercial burguesa que ya tenía plena preponderancia desde la segunda mitad del siglo XVII, cuando en el resto de España gobernaban los viejos estamentos y de un espíritu abierto amparado en la Constitución Española de 1812, ‘La Pepa’, la primera constitución liberal de Europa. Ahora sí pasemos a referir algunas notas de las explicaciones de Somariba:

Su origen habría que ubicarlo en el año de 1861 cuando el alcalde Juan Valverde la inauguró en la plaza de Isabel II (actual de San Juan de Dios) y en la calle de la Aduana (actual Paseo de Canalejas) tras la Muralla Real que cerraba el puerto de Cádiz. Fue un enorme éxito, pero viéndose lo reducido del espacio se decidió trasladarla a los terrenos del Paseo de las Delicias (actual Parque Genovés y paseo de Santa Bárbara) a 14 de mayo de 1867 donde se celebraría año tras año hasta 1892 en que quedó inaugurado en el mismo espacio el Parque Genovés, como consecuencia de un paulatino proceso de decadencia de la fiesta. Las causas de esta última fueron la enormidad de los gastos en una ciudad cada vez más pobre y el hecho de que el propio público tendió a ocupar solo determinados espacios de la Velada dejando otros en los que se había invertido gran dinero en la más absoluta soledad.

Grabado de la Velada de 1884 mirando al Castillo de Santa Catalina en la Ilustración.
Grabado de la Velada de 1884 mirando al Castillo de Santa Catalina en la Ilustración.

Tras esto volvería a renacer puntualmente en el mismo Parque Genovés a partir de 1901 gracias a los magníficos exornos del genial artista gaditano Antonio Accame, pero ya nunca alcanzaría la grandeza de los tiempos anteriores decayendo nuevamente a lo largo de esa primera década del siglo XX hasta su definitiva extinción o transfiguración en los Carnavales, con una momentánea resurrección en 1988 durante el gobierno de Carlos Díaz. De este modo, una fiesta que fue expresión de los últimos coletazos de la grandeza de Cádiz cayó junto con la ciudad que la vio nacer eventualmente en el olvido.

A continuación sería interesante recurrir al testimonio de una publicación que nació en el año 1884 para ser testigo y vocal de las maravillas que se sucedieron en esta preciosa fiesta, se trata de la revista ‘Cádiz, Revista de Festejos’ fundada por los redactores José Larrahondo y Joaquín Montemayor junto con sus magníficos colaboradores que aportaban maravillosas crónicas sobre la ciudad, entre ellos una mujer, Patrocinio de Biedma, algo puntual en la época. La intención inicial fue dar cobertura a la magnificencia de esta fiesta a través de una crónica pormenorizada de todas sus celebraciones dotada de una selección de los magníficos grabados y fotografías que se habían realizado en gran abundancia en aquellos años por fotógrafos tan ilustres como el gaditano Rafael Rocafull y publicaciones como ‘La Ilustración Española y Americana’, pero lamentablemente otra revista que hasta ese momento había cubierto la fiesta corrió presta a evitar que tan noble fin tuviera feliz resultado para no perder sus privilegios, se trataba del ‘Boletín de la Velada’. De este modo la publicación quedó despojada de tan bellas ilustraciones, pero aun así el testimonio que atesoraba es tan valioso que merece ser citado a continuación, al menos un extracto del mismo el cual nos da buena cuenta de las actividades celebradas:

Empezando por una descripción de la disposición de la Velada cabe decir que las casetas se encontraban dispuestas longitudinalmente a lo largo del Paseo de las Delicias (Genovés) desde el Castillo de Santa Catalina hasta el Gobierno Militar, destacando la del Ayuntamiento en el centro seguida de la del Casino Gaditano (de la cual hay una maqueta en la biblioteca de esta institución) que se puede apreciar en la fotografía de Rocafull adjunta y por último la del Pueblo, estando todas adornadas en su parte superior con bombillas blancas para el alumbrado que era ya eléctrico, sustituyéndose el de gas. Respecto a los accesos se destaca como la calle Veedor y la plaza de Méndez Núñez (Mentidero) estaban iluminadas por medio de crucetas y a la entrada de la Velada por Asdrúbal (esquina con el Gobierno Militar y Candelaria) se hallaban dos magníficos arcos iluminados por gas, además de uno incluso más fastuoso dando paso a las casetas el cual se puede apreciar en el grabado de la ‘Ilustración’. A lo largo del paseo de las casetas se colocaron arcos árabes iluminados con luces de colores a los lados de las mismas. Se menciona además la presencia de numerosos cafés, neverías (helados) y buñolerías, así como un eficiente servicio de carruajes. El acceso desde Sacramento también estaba decorado con arcos de iluminación eléctrica, dando a la caseta de salvamento de náufragos inaugurada en esos años frente al Castillo de Santa Catalina.

Fotografía del Paseo de las Delicias sin la Velada en 1862 por Louis Masson.
Fotografía del Paseo de las Delicias sin la Velada en 1862 por Louis Masson.

También se celebraba la Velada del Carmen emplazada en los salones de mármol alto y bajo de la Alameda de Apodaca frente al Carmen, además de en el espacio contiguo al Hospicio (Valcárcel) y en la plaza de Mina que también fue iluminada por medio de bujías eléctricas, sistema Jablokoff, lo que nos lleva a la interesante cuestión de la llegada de la luz eléctrica a nuestra ciudad en fechas tan tempranas. Por último, se celebraba en Extramuros, en el barrio de San Severiano, la Verbena de Santiago y Santa Ana mencionándose su magnífica plaza con vistas a la Bahía de la que también hay una magnífica fotografía de Rocafull.

En cualquier caso dejando esta cuestión para otra ocasión pasemos ahora a enumerar las actividades y maravillas de la Velada de ese año de 1884: bandas de música de la guarnición, la apertura de los Baños del Real en la Caleta, del Carmen en la Alameda y los de San José y San Severiano (desconocidos), servicios de carruajes para extramuros, certámenes literarios, regatas, billetes de abono para el ferrocarril que unía Cádiz con la Bahía, compañías de teatro que actuarían en el Teatro Principal (calle Novena), bailes en el Gobierno Militar, carreras de caballos en el Hipódromo ubicado en el espacio de los actuales depósitos de tabaco, bengalas y fuegos artificiales, representaciones de batallas navales en la Bahía, cucañas, carreras de velocípedos (bicicletas) en el Velódromo ubicado en las cercanías de San Severiano, fiestas florales donde participaban las damas gaditanas, corridas de toros en la Plaza de Madera de la Hoyanca (en el espacio del actual Colegio Mirandilla) y un sinfín de actividades más que dan muestra de la grandeza de una fiesta a la que nosotros en la actualidad no podríamos ni aspirar. Tengamos en cuenta también el carácter benéfico que estas celebraciones tenían en Cádiz, donde la Sociedad de la Caridad tenía edificios e instituciones que fueron alabadas por cuantos viajeros arribaron a la ciudad. Parte de esta grandeza ha pasado a nuestros actuales Carnavales, los cuales siguen siendo un atractivo insuperable para tantas y tantas personas de todo el mundo, pero no es menos cierto que el recuerdo de estas grandes fiestas desaparecidas debe ser rescatado.

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