50 (ó 60) años de psicodelia

Un recorrido desde "Las puertas de la percepción" a Castellar de la Frontera pasando por los Beach Boys

Pedro Ingelmo

08 de abril 2016 - 06:42

A principios de 1966 Brian Wilson envió a su grupo surfero, los Beach Boys, de gira y él se quedó en el estudio dándole al coco con una idea muy loca que le rondaba. Cuando los Beach Boys regresaron de la alegre gira en primavera Brian les enseñó su trabajo. Los miembros de la banda se miraron atónitos. Este Brian siempre estuvo un poco chiflado. Era el Pet Sounds. Con ese disco se abrían las infinitas posibilidades de lo que hemos dado en llamar psicodelia.

El psiquiatra Humphry Osmond, digamos resumiendo, era el camello de Aldous Huxley, el célebre autor de Un mundo feliz. Soma. Ok, era con una finalidad científica, pero ahí viajar, lo que se dice viajar, se viajaba. Huxley se tomaba la mescalina, lo escribía -sus célebres Puertas de la percepción- y Osmond bautizaba la tendencia: lo llamó psicodelia en un congreso de psiquiatras en Nueva York. Lo que manifiesta el alma, explicó, para los que no se manejaran de corrido en griego antiguo. Era 1956. "Así es como deberíamos ver, así es como son realmente las cosas", dijo Huxley con un ciego de mil demonios.

Saltamos diez años después, ya había cortocircuitado algo de LSD neuronas de universitarios voluntarios, cobayas de laboratorio. En Brian Wilson, alma de los surferos Beach Boys, encontraría el LSD una entusiasta cobaya. Algo iba a suceder en los primeros meses de 1966 en esa cabeza que iba a cambiarlo todo. Y decir todo es todo. Podría haber sido en otra cabeza y, desde luego, nadie hubiera podido pronosticar que sería en una de las de esos chicos tostados con camisas de rayas. Pero así fue. Pet Sounds fue la base para lo que vendría después. Y no es que las canciones tuvieran letras revolucionarias; es que lo que sucedió en ese estudio en 1966 con decenas de músicos siguiendo las indicaciones alucinadas de Wilson eran una carta de presentación del no hay fronteras entre consciencia e inconsciencia, un primer paso a saltar a fosbury los límites de la realidad; en definitiva, lo que manifiesta el alma. Esto es, dijo el camello de Huxley, psicodelia, aunque Pet Sounds no lo equiparemos a un disco abiertamente psicodélico. Dejémoslo en fundacional.

Y a lo mejor, piensan, todo esto sucedió porque Pet Sounds fue un éxito. En absoluto. No se comió nada. En Capitol se tiraban de los pelos. Pero ya saben que si Wilson escuchó el Revolver, de los Beatles, y dijo hum, quisiera algo parecido, los Beatles escucharon Pet Sounds y exclamaron ¡mi madre! y parieron al sargento Peepers, lo que obligó a los Rolling a inventar unas satánicas majestades y a los Who Sell Out y los Kinks el Something Else... y aparece una banda nueva liderada por un colgao llamado Syd Barrett y publican The piper at the gates of dawn. Se llamaban Pink Floyd. Y un niño bien llamado Jim Morrison se inventa que su padre ha muerto y crea los Doors, en honor a las puertas de la percepción, cerrando el círculo.

La palabreja que se había inventado el tipo que hizo cruzar las puertas de la percepción a Huxley estaba aquí para quedarse y, de este modo y de un modo u otro, fue el verano del amor en San Francisco con sus buenas vibraciones -¡no incluyeron el Good Vibrations en el Pet Sounds y sería la única canción de éxito de Brian Wilson parida de su alimentación lisérgica del 66!- y las flores en el pelo, la primavera de Praga que acabó como acaban las primaveras, la playa bajo los adoquines y etc, etc, y blablabla.

En un mundo no globalizado que una chispa de ese incendio cayera en la Andalucía desangelada, rabiosamente rural, de la época tuvo que ser un milagro. Pues ocurrió.

Esto es una historia muy loca que tiene varios puntos de referencia: los barrios de Santa Clara y Los Remedios, en Sevilla, Chipiona, Algeciras, Castellar, al fin Los Caños, claro, Los Caños y su Pequeña Lulú, que fue como la bandera americana en la Luna... Y un elemento generador, Gonzalo García Pelayo, ahora célebre por sus métodos matemáticos para destripar casinos. Fue el gran introductor del nuevo evangelio musical en el sur y, de ahí, con los primeros tripis pero sobre todo mucha grifa, lograr que el rock andaluz, con Triana al frente, se convirtiera, más adelante, cuando la psicodelia había mutado en un sonido como de una industria pesada llamado rock progresivo, en un fenómeno nacional.

Empecemos por Sevilla por tanto. El barrio de Santa Clara es donde residen los marines de Morón a finales de los 60 y ocurre un hecho parecido al de Rota, que convierte a la población autóctona en la más versada en rock and roll de toda la geografía. De allí sale la materia prima, los discos del otro lado del charco. El otro enclave es Los Remedios, donde se encuentra Dom Gonzalo, el pub de Gonzalo García Pelayo, donde se dan cita desde Felipe González y Manuel Chaves a Gualberto y Julio Matito, músicos de la época asiduos de Santa Clara que buscan emociones fuertes, el origen de Smash, los que parieron el gran hit psicodélico-folclórico, o algo parecido, patrio, El garrotín. También empieza a aparecer por allí un joven Silvio. Pero de todo esto lo más es , eh, ¿quién pensaría que se podría incluir a Manuel Chaves en una historia de la psicodelia española? Ya han visto, con calzador se puede.

Felipe González, según recuerda García Pelayo, era el abogado del Dom Gonzalo, que siempre tenía problemas. "En Sevilla, en 1967, monto Don Gonzalo, un club musical. Mi abogado es Felipe González. Tenía un despacho laboralista, venía a tomarse copas al club... El club concita interés entre la gente de la música, del grifoteo y tal. Poníamos a Hendrix, a Cream…". En Vivir en Gonzalo, el documental sobre García Pelayo rodado por el gaditano Luis García Gil y Pepe Freire, aparece Rosa Ávila, que se uniría al clan Pelayo, y recuerda que "nuestros padres nos alertaban de un bar que había en Los Remedios donde metían cosas a las niñas en la bebida..." El bar lo cierra la policía en 1970, pero la semilla ya se ha sembrado.

En 1969 Smash, que es nuestra psicodelia y olé, había ganado un festival de rock en Algeciras que organizaba Jesús Quintero, el loco de la colina, y Alfonso Guerra los fichó para poner base musical a su grupo de teatro, Esperpento. Política y rock. Salió regular. Smash no eran muy formales y Esperpento, pese al nombre, sí. Hay un danés en esta historia, Henrik Liebgott, y una pasión, que puede sonar extraña, Chipiona. A Liegbott, miembro de Smash, si querías encontrarle, tenías que buscarle en Chipiona, que, al parecer, tenía una fuerza magnética que salía del agua y conectaba con algo del más allá, o los ovnis... no sé. Aún cuentan la historia en Chipiona.

Liegbott fue uno de los europeos pioneros en la provincia. Encontraron un enclave especial, un pueblo en un castillo que habían dejado abandonado para trasladar a sus habitantes. Allí es donde la psicodelia se hizo hippie, ruta obligada del jipismo -Ibiza, Amsterdam, Tánger (donde Brian Jones, de los Rolling exploraba sonidos que salían de la tierra y otras pasadas), Katmandú...- Qué paradoja que Castellar le acabara regalando una casita a Felipe González. Otro círculo que se cierra.

Y, al final, antes incluso de que Wyoming y Aitana Sánchez Gijón hicieran de Zahara un barrio castizo de Madrid, renombrados músicos, como Teddy Bautista, de Los Canarios (Get on your knees fue su gran éxito y significaba lo que significaba, aunque convencieron a la censura que no), que veneraban a Smash, descubrieron en una playa de Cádiz siete caños. Y eso atrajo a algunos más a un Psicocádiz. En fin, batallitas.

Cómo todo eso que empezó con la puertas de la percepción acabó siendo el núcleo duro del escándalo de la SGAE controlada por Teddy Bautista es algo que ya les contaré otro día...

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