Santiago Tarín: "Que la ciencia resuelva si la maldad es una enfermedad sería magnífico"
Santiago Tarín | Periodista y escritor

Santiago Tarín (Barcelona, 1959) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha desarrollado la mayor parte de su carrera profesional en La Vanguardia, a lo largo de treinta y seis años. También trabajó en Radio Nacional, Radio Barcelona, Agencia Efe y el diario Ya, medios en los que ha cubierto temas tan diversos como campañas electorales, política local, atentados terroristas, crónica judicial y de sucesos, la visita del Papa o las actividades del crimen organizado en España. Guardó sus notas de los crímenes más especiales, que no tenían por qué ser los más truculentos, y de ahí nace su libro recién publicado, Los crímenes de los pasos perdidos.
–¿Por qué la cálida “esencia humana” que ha captado en el relato de los 16 capítulos de ‘Los crímenes de los pasos perdidos’ está tan disociada de la a veces fría esencia judicial?
–Tal vez porque en el juicio tienen que valorarse una hechos, y, aunque hay condicionantes, no pueden ser el centro de las resoluciones. Creo que es el periodista quien debe buscar con más ahínco esa esencia humana, que también se cuela en los procesos por las rendijas de alguna declaración, de informes médicos y psicológicos o en los discursos finales de abogados y fiscales.
–¿Los juicios paralelos son aún más fallidos y perniciosos hoy, con las redes y tanta información a medias, que en el siglo XX?
–Sí, porque ahora en las redes participan personas que no tienen ni idea del asunto e influyen en la concepción general y en crear opinión. Además, el anonimato es posible y es pernicioso, porque el periodista que cubre un juicio o un suceso tiene nombre y apellidos, y responde de lo que escribe. El que habla desde una identidad ficticia es impune y dice lo primero que se le pasa por la cabeza o difama sin problemas.
–¿Hay criminales por vocación y otros por circunstancia?
–Por vocación, puede; por necesidad, seguro. He visto a algunos criminales que escogieron el hampa porque les era más fácil, me refiero principalmente a estafadores y timadores. Ya tenían unas condiciones para convencer a la gente y las empleaban para la estafa. O sea, que puede que sea vocación, pero también comodidad: no querían un trabajo estable y preferían ganar dinero a costa de los demás. En el libro cuento casos de antiguos timadores que esquilmaban cuentas bancarias con su labia y otros que se aprovechaban de la debilidad del prójimo.
–¿Cree que a veces se nace ya psicópata por una disfunción cerebral, o que es necesario algún trauma vital para esa maldad?
–La ciencia está buscando respuesta a esta pregunta y yo no puedo dar una contestación taxativa, pero si se resuelve sería magnífico, porque trataríamos la maldad como una enfermedad. Hoy no es así y quizás nunca ocurra.
"Me aterroriza que la IA pueda matar, pero ¿cuánta ficción vimos en el cine que luego ha sido realidad?”
–”Si el diablo cree que puede hacer peor al hombre, lo infravalora”, reflexionó un filósofo alemán.
–Espero que no, que se equivoque, pero también recuerdo la frase de un personaje de ficción, que en una conversación con el diablo, le dice: “Si yo actúo como tú, ¿en qué nos diferenciamos?”.
–¿Por qué triunfan hoy tanto los true crimes en la literatura, los podcast y las plataformas televisivas?
–Es que siempre han tenido una gran presencia, quizás la diferencia era que antes predominaba la ficción. Recordemos los grandes autores de novela negra o el magnífico cine negro estadounidense, francés o español que ha existido. Con Truman Capote y una generación de periodistas, la realidad y contarla como si fuera literatura ocupó el primer plano.
–España ha sido siempre muy de crónicas negras, apócrifas o no. Va en nuestro ADN.
–No creo que seamos más de crónica negra que un inglés, un francés, un italiano o un estadounidense. El crimen llama la atención. La información de sucesos y tribunales siempre ha tenido una amplia audiencia. Si asistes a un juicio para verlo es casi como una obra de teatro, pero donde todo lo que se expone ocurrió en realidad.
–¿Era el periodismo de libreta y crónica telefoneada, por esa necesidad de cercanía con el lugar del crimen, más auténtico en este campo negro que el actual?
–Yo tengo que decir que sí, porque ese era mi periodismo. Tal vez un joven que se maneja con otra tecnología le dirá que no. En el periodismo hay que ver y escuchar a los protagonistas y testigos. Pero sí que hay una diferencia fundamental: yo me tomaba más tiempo para trabajar un asunto. Ahora no lo tienen. La velocidad está matando la calidad y la profesión debería reflexionar sobre ello.
–¿Cuándo y cómo cree que matará por primera vez la Inteligencia Artificial?
–Prefiero no planteármelo. Me aterroriza la posibilidad, pero, ¿cuántas cosas hemos visto en el cine y en los libros que pensábamos que no pasarían nunca y ocurrieron?
–Ha cubierto el asesinato del obispo Ellacuria en El Salvador o la guerra de Pablo Escobar y los cárteles del narcotráfico con el Gobierno colombiano. ¿Disfruta en cierto modo de esa adrenalina?
–Para el periodista la adrenalina es necesaria, aunque yo prefiero decir que disfrutaba de la pasión de contar las cosas que pasaban, que creía que eran importantes. Como ser humano, no me causa ningún placer ni el crimen, ni los atentados ni las guerras.
–¿Son verosímiles las series de asesinos y el modus operandi al investigar?
–La ficción debe dejar un margen a la imaginación para mejorarla. A veces, cubriendo un juicio o un suceso, he pensado que sería mejor un final alternativo al real.
–¿Qué le pareció la serie Mindhunter?
–Me encantó, me atrae mucho el estudio de la mente y cómo lo especialistas son capaces de introducirse en el cerebro del criminal y encuentran respuestas a lo que hacen y el porqué lo hacen. Me recordaba profesionales que he conocido. Esta ciencia ha evolucionado mucho.
También te puede interesar