En primea línea de la pandemia con la fregona y la bayeta como arma

20 vivencias del 20

Lupe Alba lleva casi 25 años trabajando como limpiadora en el Hospital de Puerto Real y este es el momento más duro al que se ha enfrentado. La carga emocional supera muchas veces al cansancio físico.

Lupe Alba trabajando como limpiadora en la UCI del Clínico de Puerto Real
Lupe Alba trabajando como limpiadora en la UCI del Clínico de Puerto Real / DCA

Puerto Real/Guadalupe Alba, Lupe para quienes la tratan de cerca, lleva más de media vida trabajando como limpiadora en el Hospital Universitario de Puerto Real. Tiene 42 años y recién cumplidos los 18, en el año 96, empezó a encadenar contratos en las empresas de limpieza que han pasado por el hospital. 24 años haciendo un trabajo que también había hecho su madre. Por eso se lo toma muy en serio.

Ella como todas sus compañeras del Clínico y de tantos otros hospitales está en primera línea del coronavirus. El personal sanitario se afana en sacar el virus de nuestro cuerpo, pero ellas lo arrastran de todas partes: puertas, ventanas, pomos, suelos… No hay rincón por el que no pasen para asegurarse la desinfección. “Llevo aquí casi 25 años y este es el momento más complicado que he vivido”, dice Lupe, quien desde el mes de marzo está destinada de forma fija en la Unidad de Cuidados Intensivos.

De golpe y porrazo se tuvieron que cambiar todos los protocolos y aprender a manejar una situación que, para ellas, principalmente mujeres, también era completamente desconocida. “El virus no es un mancha que tú ves y la quitas. Está por todas partes, en el ambiente, por eso tenemos que tener mucha precaución y esforzarnos mucho porque nos da mucho respeto”.

Su uniforme en la UCI ha cambiado: un mono, botas, doble guante, mascarillas, gafas… “y eso en verano era insoportable porque con todo eso hay que estar dándole a la fregona o con las bayetas en la mano. Es muy incómodo”. Al final, estas mujeres todoterrenos acaban acostumbrándose y dando lo mejor de sí para hacer su trabajo lo mejor posible. “Yo cuando me voy a casa en autobús lo hago pensando que lo he dejado todo limpito y me voy muy orgullosa”, asegura.

Pero su verdadero esfuerzo ha sido más emocional que físico. “Ver a los pacientes tan malitos en la UCI es muy duro”. Aunque Lupe es una persona muy alegre, no olvida a muchos de los que por allí han pasado y se le cambia el rostro. “Cuando entraba en los boxes y había algunos enfermos que ya estaban mejor, ya desintubados, hablaba con ellos mientras limpiaba. Me contaban de donde eran, que tenían hijos y yo les decía que también tenía dos hijos y, al menos, charlaban un rato”.

Se propone cada mañana ser amable con ellos. Sabe que hay pacientes que están muchos días allí y que la de ella, junto a las del personal sanitario, es de las pocas caras que ven al cabo del día. “Yo les doy ánimo incluso a los que están intubados y no están conscientes. Algunas personas me dicen que no me escuchan, pero yo estoy convencida de que sí, de que de algún modo les llegan mis palabras porque a veces cuando yo les hablo las maquinas pitan. Eso es que me sienten”, dice Lupe emocionada.

Recuerda especialmente a una señora con la que hablaba, a la que saludaba cuando terminaba el turno para que, a través del cristal, le vise la cara. “Que soy la limpiadora”, le gritaba. “La vi cómo iba mejorando, pero un día llegué y había fallecido. Eso me impactó mucho y comprendí que este virus tiene mucha maldad y que nos está destrozando. Hay momentos muy duros en nuestro trabajo”.

Han sido meses muy complicados, especialmente durante la primera ola cuando todo era más desconocido y las herramientas no eran las de ahora. Antes los trabajadores no se sometían a las pruebas que ahora sí se hacen y era inevitable llegar a casa con el miedo de si se iba a contagiar a la familia. “Yo a mis hijos los tengo ya cansados de decirles que se lo tienen que tomar en serio, que esto no es un juego y que hay mucha gente pasándolo muy mal. Les digo también que se lo digan a sus amigos y que todo el mundo sepa lo que yo veo a diario”.

Pese a ello, Lupe dice sentirse segura en su trabajo. Confía en todas las medidas de seguridad, en los profesionales que trabajan para combatir la pandemia y en el esfuerzo que hacen. “Son todos unos excelentes profesionales y yo veo como se dejan la piel para salvar a la gente”, dice Lupe, olvidándose quizás, de que ella y sus compañeras también forman una parte esencial del sistema que lucha para que la pandemia de la Covid-19 sea, más pronto que tarde, un mal recuerdo.

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