"Como ahora con el hospital de Gaza, nadie en Grazalema quería atribuirse esas muertes"

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El periodista e investigador David Doña.
El periodista e investigador David Doña. / Rocío Hernández

¿Quién era la Funesta Telegrafista? El mote dispara la imaginación pero lo cierto es que de ella no tenemos mucho más pues así, con este seudónimo, es como la nombran los testigos en las distintas declaraciones. Hay dos cosas seguras: que estaba enterrada en la Fosa de las Mujeres y que “era una agitadora social de gran predicamento en Grazalema”, asegura el periodista David Doña. Lo que de ella se decía, por supuesto, era que “tenía a su disposición una red de espías y listas de vecinos de derechas para ser depurados”.

El oficio no es casual, ya que uno de los gremios más perseguidos durante la guerra y posguerra fue, precisamente, el de correos.

David Doña lleva pegado a la historia de la Fosa de las Mujeres quince años, desde 2008, a la luz de la Ley de Memoria Histórica. De hecho, el Servicio de Memoria Histórica de Diputación estrenaría hace siete años el documental Sucedió en Grazalema, con idéntico título y temática que el libro que ahora aparece, publicado por Qbook y en la recuperada línea Deperiodistas, desarrollada desde la Asociación de la Prensa.

Siempre se había sabido dónde estaban: cuando el equipo científico llegó a excavar, encontraron los cuerpos de las quince mujeres justo donde decían los vecinos”, indica Doña. Sobre ellas, una cruz de piedra, y a su lado, también, el cadáver de El Bizarrito, un muchacho que tuvo la peor suerte posible: el chaval venía de Málaga “y pasó por allí justo cuando las estaban enterrando. Le obligan a seguir excavando las fosas, le sonsacan dónde tiene su familia sus pertenencias y luego, lo matan”, cuenta David Doña.

En la mayor parte de los casos, fue simplemente el parentesco lo que terminó sentenciando a las mujeres: “Muchas de las víctimas tenían un profundo sentimiento religioso –asegura Doña–. Y, de hecho, entre los restos se encontraron dos medallas de la Virgen del Carmen, que se limpiaron y hoy están en el camarín”.

Pero también encuentras perfiles de mujeres empoderadas, que diríamos ahora, como el caso de nuestra Funesta Telegrafista. Aunque, al principio, la principal candidata para Doña era Mercedes García Nieto, el nombre más probable que se esconde tras el mote es el de Catalina Alcaraz: “Su padre, Pedro Ignacio Alcaraz, era un hombre de negocios que tenía conexiones en el norte de África –explica Doña–. Suministraba, por ejemplo, a las tropas en Tetuán, y tenía negocios allí, como un café y un famoso quiosco de prensa”.

"Lo terrible es que estos relatos locales terminan siendo universales"

Los restos de las quince mujeres se encontraron en 2009 y el documental de Diputación, en el que David Doña se implicó en el guión y la producción, vio la luz en 2016: “Pero en el documental –añade– no era posible darle cabida en condiciones a la historia del pueblo en profundidad desde el punto de vista de las mujeres”, que es lo que ha pretendido recoger en el libro. Entre las historias más terribles está la de Teresa, entonces una niña: en total, cinco mujeres de su familia fueron liquidadas en los primeros años de la guerra, tres de ellas, en la ejecución de la fosa. “La abuela, la Surcanta, sabía leer y escribir, y les leía a las muchachas las cartas de los novios en la mili, escribiéndoles las respuestas de vuelta –cuenta Doña–. Teresa nos dice que ella era de izquierdas de verdad”. A una prima la abatieron a tiros entre las lápidas del cementerio, en un episodio alimentado por el desengaño amoroso.

A las otras tres mujeres, incluida la madre de Teresa, se las llevaron de una racha, y ella fue testigo de todo. Recuerda estar llorando agarrada a sus faldas cuando llegaron “esos tres hombres” –uno de ellos, su vecino– y la sacaron por la puerta. Salió corriendo a avisar a su tía, y allí la vio con los mismos tres hombres, así que entró a darle la voz a su prima, que salió al escucharla: “¿Tú también estás aquí? –le dijeron–. Pues te vienes”.

¿Quién daría la orden? No se sabe: “Como ocurre ahora con el hospital de Gaza, a veces, aun en medio del horror, sucede algo tan reprobable que nadie quiere erigirse responsable”, reflexiona David Doña.

Lo que es seguro es que uno de los protagonistas del horror en Grazalema fue José Pozo Rincón, al que llamaban Pepito Luna: “Durante los dos meses que resistió Grazalema –desarrolla Doña–, hasta allí llegaron vecinos de distintos pueblos. Gente venida de Benamahoma, por ejemplo, donde se había producido una escabechina impresionante. En ese tiempo, también se dieron abusos: en concreto, la ejecución de veinte vecinos, gente de derechas que -admite–, “no merecía esa suerte”. De modo que, cuando se produce la caída a manos de los sublevados, las matanzas tendrían un componente de venganza: una de esas muertes fue el padre de Pepito Luna.

En virtud a sus servicios, Pepito Luna ascendería a jefe local de Falange, no sin débito: su antecesor interpondría dos denuncias en su contra a principios de los cuarenta (entre ellas, la muerte de El Bizarrito), “ y cumplió 14 años de cárcel, aunque se beneficiaría de un perdón general, saliendo a los dos o tres años”. Los mismos testimonios revelaban el clasismo inevitable de la época. Pepito Luna, por ejemplo, tenía “pocas luces, pero fueron más veces las que acertó que las que erró”.

Por supuesto, una de las dificultades que entrañan este tipo de historias es la falta de documentación exhaustiva. En el 36, como solía ser habitual, todos los archivos del pueblo se quemaron: “Así que sólo quedan rastros en el Archivo Militar de Sevilla, las actas de los procesos sumariales abiertos durante la guerra”, apunta Doña. En Grazalema, hay registrados un total de 104 entre fusilamientos, destierros y demás. En la época, la población contaba con unos 4.000 habitantes. Pero no están todos, desde luego: un informe de los años 40, elaborado por el propio Régimen, cifra en 209 los vecinos desaparecidos.

“Lo más difícil es encontrar testimonio documental de todos los represaliados durante el llamado terror caliente”, indica Doña. El régimen de espanto instaurado por los golpistas durante los primeros meses de la contienda: del verano del 36 a marzo del 37. Los paseos, las ejecuciones a puerta fría, sin causa oficiosa: “Se mata a punta de pistola, se entierra y se acabó”.

Frente a las heridas abiertas, David Doña cree que en Grazalema los sucesos de la guerra están bastante normalizados, “que es lo que debería suceder. A los descendientes de las víctimas les ha dado mucha paz ver que salía a la luz su historia, que sus familiares no se habían desvanecido en el aire”.

“Lo terrible es que estos relatos locales son universales”, asegura, apuntando que lo que no esperaba era la “magnitud de la represión. En gran medida, por eso este libro nace inacabado, porque hay nombres que se pierden entre las cifras”. De hecho, de una lista de 160 que le facilitaron, aún hay unos cincuenta que no ha localizado. También es destacable, dentro de ese borrado, la “diversificación: al menos dos vecinos de Grazalema terminaron en campos nazis; hay gente que se suicidó; a algunas personas mayores las llevaron a islotes, como el de san Simón en Pontevedra, básicamente a morir; y luego hubo gente que murió en el manicomio”.

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