Audaces Años 20

ARTE | EN BILBAO, HASTA EL 19 DE SEPTIEMBRE

El Guggenheim revisita la década de 1920 y relaciona el intenso deseo de vivir tras los traumas de la guerra con las actuales crisis pandémicas

Detalle de 'Maika' de Christian Schad.
Detalle de 'Maika' (1929), de Christian Schad. / Colección Particular. Vegap, Bilbao, 201
Charo Ramos

13 de junio 2021 - 06:01

Tras superar la Primera Guerra Mundial, y la mortífera gripe española de 1918, un intenso deseo de vivir se apoderó de la sociedad en la década de 1920. Fernand Léger lo expresó así: "Nunca hubo una época tan ávida de espectáculo como la nuestra. (…) Este fanatismo, esta necesidad de distracción a cualquier precio, son la reacción necesaria contra esta vida que llevamos, dura y llena de privaciones". Tal fue la explosión de creatividad y de libertad que se alumbraron cambios artísticos, pero también de estilo de vida, que siguen vigentes en nuestros días y explican nuestros orígenes culturales. Presentar aquella crisis como un momento terrible pero también de oportunidad, estableciendo paralelismos con la actualidad, es el propósito de la gran exposición estival del Guggenheim Bilbao. Los locos años veinte, que puede verse hasta el 19 de septiembre con el patrocinio de BBK y se organiza junto con la Kunsthaus Zurich, plantea qué ofrecieron la cultura y el arte en una Europa que se sacudía las heridas de la guerra.

'Takka-Takka baila' (1926) lienzo de Ernest Neuschul.
'Takka-Takka baila' (1926) lienzo de Ernest Neuschul. / Colección particular

Cathérine Hug del Kunsthaus Zurich, donde ya se ha podido ver, y Petra Joos por el Guggenheim Bilbao son las comisarias de esta muestra que pone el foco en la conexión entre distintas disciplinas: moda, pintura, diseño de mobiliario, arquitectura, cine experimental, fotografía... Para ello cuentan con la escenografía ideada por el dramaturgo Calixto Bieito, actual director del Teatro Arriaga bilbaíno, que firma un montaje dinámico y sensorial que incluye hasta una pista de baile para dar cuenta de las músicas que, como el jazz, nutrieron el alma de aquella época noctámbula y cabaretera, y alumbraron la figura iconoclasta de Josephine Baker, la primera artista de color que se convirtió en una celebridad en Europa debido a la segregación racial en su EEUU natal, y a la que se atribuye la introducción del charlestón. Bieito, director de escena de la producción de Carmen que acaba de clausurar la temporada lírica del Teatro de la Maestranza, sostiene que "esta exposición no es nostálgica, sino un canto a que todo es posible. Aborda un período que me resulta muy cercano, y en este momento en que todo se está complicando nos habla del valor de la creatividad y nos enseña que no hay que tener miedo a ir hacia adelante". De Bieito ha sido la elección de los colores, el atrezzo y los perfumes que singularizan las siete secciones de la muestra, además de la proyección en el techo del documental Berlín: sinfonía de una gran ciudad (1927), de Walter Ruttmann.

'Me pregunto dónde estará mi chica esta noche' (1926), portada de Fabien Loris, música de Walter Donaldson.
'Me pregunto dónde estará mi chica esta noche' (1926), portada de Fabien Loris, música de Walter Donaldson. / Colección Dora & Walter Labhart

"En los años 20 los artistas, músicos, diseñadores y creadores de distintas disciplinas comienzan a trabajar juntos", sostiene Hug sobre esta ventana abierta a la escena intelectual de Berlín, París, Zurich y Viena, las capitales donde se estaba ensayando el cambio social y artístico al que aquí pone prólogo el Ballet mecánico de Fernand Léger, la película muda de 1924.

Christian Schad, retratista de la sociedad alemana de entreguerras, es uno de los artistas esenciales de la exposición. Huyendo del frente se refugió en Suiza y tuvo ocasión de participar en Zurich en la fundación del dadaísmo; a su regreso a Berlín plasmó el ambiente de los cafés de la república de Weimar, dando forma a un realismo de corte expresionista que le hizo integrarse en la corriente de la Nueva Objetividad, con la que representó esa falsa euforia de los años 20 y 30 en la que se gestaba la Alemania de Hitler. Los cuadros sensuales y la frialdad de los personajes de Schad sufrieron menos el acoso nazi que la obra más cruda de sus compañeros Otto Dix -cuya rotunda Novia de marinero (1921) es otro icono de esta muestra-, George Grosz y Max Beckmann.

"Para entender los años 20 hay que comprender lo que supuso para la percepción del mundo y las personas el trauma de la guerra, una experiencia muy dolorosa que causó muchas muertes y daños físicos. Los que participaron en el frente perdieron la noción del tiempo durante años y muchos no volvieron como héroes sino como mutilados que se avergonzaban de la derrota hasta el punto de ocultarse ante la sociedad, como recoge Heinrich Hoerle en su lienzo Tres inválidos (1930)", explica Hug. Ese ambiente depresivo que acentúa la penumbra de la primera sala lo subraya la instalación que Kader Attia creó en 2010 sobre los mutilados en el frente y que avanza otra particularidad de este muestra: los diálogos anacrónicos con artistas contemporáneos.

Para Calixto Bieito, "la exposición no es nostálgica, sino un canto a que todo es posible"

Una pintura violenta de Schad que encontramos también al inicio de la exposición, Transmisión (1919), nos sitúa desde fecha temprana en una interpretación aterradora de la revolución tecnológica. La obra de Schad habla de la inseguridad sobre las nuevas formas de trabajo y la penetración de los nuevos medios de comunicación, como la radio; sus fotomontajes o schadografías, al igual que las experimentaciones de Moholy-Nagy y las rayografías de Man Ray, ocupan un amplio apartado en la sección Nuevas maneras de ver, un crisol de obras maestras. Aquí se da cuenta también de la primera muestra que presentó juntos el cine y la fotografía, Film und Foto (FiFo), inaugurada en Stuttgart en 1929 y que tuvo entre sus comisarios a Moholy-Nagy.

'Maika' (1929), óleo sobre madera de Christian Schad.
'Maika' (1929), óleo sobre madera de Christian Schad. / Colección particular. Vegap, Bilbao, 201

La Primera Guerra Mundial marcó y dividió a Europa, pero todo el mundo quedó afectado por ella. Y una de las consecuencias más importantes fue la oportunidad para hombres y mujeres de definir sus propios roles ante la sociedad, como recoge de nuevo Schad en su sensual retrato de Maika, una mujer nueva en muchos aspectos, que luce el pelo corto, un tatuaje, y no oculta sus imperfecciones...

Las mujeres dinámicas y activas de ese tiempo rechazan los corsés y liberan sus cuerpos

Y es que, durante el tiempo en el que los hombres lucharon en el frente, la mujer tuvo que asumir una intensa actividad en el campo laboral, e incluso las tareas que ellos habían dejado de hacer, y eso tiene su correlato en la sección La revolución de la moda. Esas mujeres dinámicas y activas rechazarán los corsés y liberarán sus cuerpos, con vestidos más cortos y prácticos que dejan partes de su anatomía visibles. Es el triunfo de Coco Chanel y su little black dress, que surge hacia 1927 y se mantiene todavía como expresión de la emancipación femenina, y de esa mujer andrógina -garçonne o flapper- que fuma y experimenta incluso con la cirugía estética, "que pasará en muy pocos años de reconstruir los rostros desfigurados de los veteranos de guerra a la consecución de nuevos ideales de belleza", atestiguan las comisarias. En la literatura, los nuevos usos sexuales inspiran obras que fijan el espíritu de la época, principalmente La Garçonne de Victor Margueritte y Caminos del amor de la escritora marxista Alexandra Kollontai, a la que Manuel Chaves Nogales replicaría en su distopía La bolchevique enamorada sobre los conflictos pasionales en la Rusia soviética.

Vestido de cóctel (1928) diseñado por Madeleine Vionnet.
Vestido de cóctel (1928) diseñado por Madeleine Vionnet.

Otra revolución nada desdeñable se produjo en la arquitectura y el diseño porque en los años 20 florece la industria del ocio gracias a los cambios en la vida laboral, el trabajo en cadena y la producción en masa de bienes de consumo. La Bauhaus, fundada en Weimer en 1919 y en Dessau en 1925, forma parte de ese empeño por lograr una sociedad más democrática a través de la educación y la cultura. Antes de que la escuela fuera acosada y cerrada por los nazis generó numerosas obras maestras como Ciudad (1928) de Josef Albers, una abstracción sobre vidrio en negro, rojo y blanco, que destaca en la sección Trabajo y ocio, donde abundan las sillas de diseño icónico de Mies van der Rohe o esas butacas gran confort de Le Corbusier, Pierre Jeanneret y Charlotte Perriand que aún hoy siguen formando parte de nuestras vidas, y que dialogan con trabajos contemporáneos de Thomas Ruff o Hiroshi Sugimoto.

'Ciudad' (1928) de Josef Albers.
'Ciudad' (1928) de Josef Albers. / Kunsthaus Zurich. Vegap, Bilbao 2021

También a Le Corbusier, exponente de una arquitectura socialmente responsable y paradigma de la época, le dedican las comisarias diversas estancias donde se reflexiona sobre la vigencia de su legado. También son muy interesantes las reflexiones sobre el uso de la fotografía en la práctica profesional que la exposición congrega en torno a la escultura en latón de Constantin Brancusi Pájaro en el espacio (1932-1940), procedente del Museo de Peggy Guggenheim en Venecia. Brancusi documentó su estudio y sus obras, gracias a lo cual vemos aquí el testimonio de trabajos suyos que ya no existen.

El periodismo ocupa igualmente un apartado estelar y los movimientos más interesantes de la época -dadaísmo, Nueva Objetividad, Bauhaus- inspiran periódicos, revistas e incluso un magazine femenino que lleva en la portada un diseño de Tamara de Lempicka que da cuenta de esa obsesión por la velocidad, el automóvil y la identidad independiente de la nueva mujer, que pilota su propio destino al igual que este descapotable.

Escenografía diseñada por Calixto Bieito, que incluye perfumes y juegos olfativos.
Escenografía diseñada por Calixto Bieito, que incluye perfumes y juegos olfativos. / Erika Ede

Quizá lo más curioso para el público versado en la historia del arte contemporáneo lo ofrezca la danza, que ocupa la sección Nuevas nociones del cuerpo y nos descubre la cultura que van a introducir mujeres como Gret Palucca o Anita Berber, precursora de la performance con su danza desnuda y que nada tiene que envidiar a los excesos juveniles de Marina Abramovic. Sus discursos, en los que la revolución de lo físico busca una conciencia más asertiva del cuerpo, los replican creadores contemporáneos como Rashid Johnson y Shirana Shahbazi.

Pero es el frenesí dipsómano y cocainómano de las noches de cabaret, la celebración del deseo y del erotismo, lo que ocupa la última sala y permite a Calixto Bieito mostrar sus cartas más teatrales: montajes de películas poco difundidas, música dodecafónica, frases de Virginia Woolf en las paredes, neones anunciando el cabaret Schall und Rauch... permitirán al visitante bailar al ritmo del jazz, el charlestón o las chansons de esta época que, cien años después, nos fascina y nos inquieta por los oscuros tiempos que prologó.

De Anita Berber a Gret Palucca, la danza expresionista alemana

Petra Joos dedica en el catálogo de la muestra un interesante estudio a la huella de la pionera danza expresionista de 1920 en el accionismo vienés, la performance de Marina Abramovic y la revolución sexual y corporal de 1968. Entre las mujeres de la escena berlinesa que analiza, destacan Anita Berber, bailarina y actriz, que desafió todas las convenciones y tabúes con su radicalidad (adicta a las drogas y bisexual, su desenfreno al bailar era la máxima expresión de no volver la vista atrás); Valeska Gert, inventora de la danza grotesca, la pantomima y pionera de la representación performativa, una mujer judía condenada como degenerada por los nazis, y la coreógrafa y bailarina Gret Palucca, la única superviviente de la gesta fundacional de la danza moderna en Alemania que dejó una generosa legión de discípulos: murió a los 91 años en Dresde, donde dirigió su escuela, que cerraron los nazis y sobrevivió, tras su reapertura, a la guerra fría.

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