“Escribir un poema es un proceso gustoso, pero también se sufre mucho”

Enrique Montiel | Escritor

El autor isleño cierra con ‘Próxima estación’ (Ediciones El Gallo de Oro) la trilogía poética que ha ocupado su labor creativa de los últimos años

Se trata de un libro “íntimo y sincero”

El escritor Enrique Montiel, con un ejemplar de su nuevo poemario en la hemeroteca de Diario de Cádiz.
El escritor Enrique Montiel, con un ejemplar de su nuevo poemario en la hemeroteca de Diario de Cádiz. / Jesús Marín

–Cierra este libro la explosión poética de los últimos años.

–Todo surge hace cinco años cuando me diagnostican un cáncer, y eso condiciona tu vida y no sabes lo que tienes por delante. Y yo, que toda mi vida he escrito poesía aunque sin publicar, empiezo moviéndome en la metáfora de ‘El temblor de los pájaros’, cómo el pájaro nunca está en estado de serenidad, siempre hay algo que le sobresalta, y esa imagen era la imagen de la vida que me quedaba por delante. Después me surge otro libro con ‘La carta del cielo’, a través de las fotos del cielo que se hacen en el Observatorio de la Armada de San Fernando, y en eso me fundamento para escribir de otros muchos misterios. Y el tercero parte de la idea de que la próxima estación puede ser la última.

–O la siguiente, como se dice en el poema.

–Sí, pero puede ser también, como acaba el poema, la Termini. Y ahí me propuse agrupar o crear poemas que tengan que ver con esto, con esta idea de que un día vamos a llegar a la estación Termini.

–¿Entonces la trilogía no nace en un principio como trilogía?

–No, como tal no. Hombre, hay un hilván, un hilo que es la estructura del poema, la sintaxis y los modos de abordaje de la realidad del poeta que es el mismo en todos. Pero en este libro, concretamente, hay poemas como In Memoriam...

–Es el más largo, además, dedicado a Emilio...

–Sí, la muerte de Emilio, hijo del alcalde de Cádiz Emilio Beltrami, me causó una gran dolor por cómo se produjo. Era abogado, un tipo de una vitalidad, de una simpatía, de una generosidad, era un tipo excepcional, de gran bondad. Y un día se pone malo y tres días después se muere. Y en ese poema reflejo algunas de mis propias ideas sobre el hecho de que un día te pones malo y después te mueres. No te puedes esperar que le pase a una persona rebosante de vida.

–Y encajaba en este libro.

–Claro. Los poemas, además, se tocan continuamente. Los escribes y haces una base, como cualquier composición musical. Y en este libro hay éste y otro poema distinto que le dediqué a Fernando Quiñones, que fue un gran amigo mío, colega desde el principio.

–Hay otro poema largo que es una especie de acercamiento a Dios a través de la música de Bach.

–Bach tiene una melodía, que es el Erbarme, una de las cosas más bellas que existen, absolutamente sublime. Bach es una especie de portento, impresionante. Y cuando se oyen algunas cosas de Bach, muchas, uno se pone en una situación de porosidad extrema, las cosas entran en ti y las cosas salen de ti. Este libro es un homenaje a la música.

–Cierto, cada poema se encabeza con una cita musical muy variada: Bach, Sabina, Amaral, flamenco...

–Exactamente, porque yo pienso que la música es una. Me da igual Bach que Camarón. Me da igual que sea Sabina en una canción como Una de romanos a que sea el Erbarme de Bach, o incluso temas poco conocidos.

–¿Y cada música tiene que ver con cada poema?

–Tú sabes, la música es un lenguaje no verbal y el poema debe tener un contenido de misterio, porque la poesía en la literatura, para mí que he escrito novelas, relatos, ensayos..., tiene tal grado de condensación, de contracción del mensaje que se tiene que deducir de ella algo misterioso. El poema yo lo escribo para que tú lo leas conmigo, los dos, porque tú me puedes enseñar cosas de un poema que yo he escrito pero que no he visto. O yo te puedo decir en lo que pensaba cuando escribí un poema. Entonces, la música es un lenguaje no verbal y la poesía puede llegar un momento que tenga un mensaje verbal oscuro, pero no deliberadamente oscuro, sino naturalmente oscuro. Y después el poema, en cierto modo, tiene un ritmo, una estructura abierta y tu lectura es interpretativa también, y sobre todo es de mensaje abierto porque yo llego hasta donde llego.

–Y una cuestión formal: ¿a qué se debe la licencia de no usar, salvo alguna coma muy contada, los signos de puntuación?

–Las comas están en el interior del verso. La licencia es por la estructura abierta que tiene el poema, abierta en el sentido de inacabado. Los poemas no están acabados, la vida sigue. Incluso después de la última estación la vida sigue. Tú te bajas del tren, coges la maleta y te vas andando a algún sitio.

–Hay poemas muy íntimos.

–Sí, como el que le hago a mi hija, que me siento en el suelo frío y le cojo la mano hasta que se duerme. Porque tuve otra que murió de pequeña, y esta otra chiquilla me exigía que le diera la mano. También aparecen mi padre, mi madre... Es verdad lo que decía Rilke de la infancia, que es la mejor época de la vida, y la represento con mis padres jóvenes y con algunas cosas que decía mi madre, algunas expresiones que me han parecido posteriormente geniales, como la forma que tenía de despertarnos; abría el balcón, entraba el sol y decía: “Venga, que la gracia de Dios entre en esta casa”. Y la gracia de Dios te despertaba inmediatamente.

–Creo que hay en este libro, bajo mi punto de vista, un poeta esperado y otro inesperado; un poeta que escribe al amor, la muerte, la ausencia, y otro que lo hace a la almadraba, al Alarde, a la Rapa das Bestias...

–Porque todo esto lo llevamos en la maleta. La almadraba es de las cosas inolvidables. Tú ves una almadraba, la lucha que se produce en el interior de la almadraba cuando enormes peces como los atunes...

–Están en su estación Termini...

–Por ejemplo, y luchan por vivir llenando de sangre el mar. Eso tiene una gran fuerza. Como la Rapa das Bestas, con el proceso de hacer domésticos a los caballos, de incorporarlos a la vida de las aldeas. Y el Alarde es un buen ejemplo de lo que son los vascos, el orden, la armonía... Son tres momentos que me entusiasman.

–Defendió José Ramón Ripoll la necesidad de la poesía en su entrada en la Academia Hispanoamericana.

–Sí, yo estuve allí. Estoy completamente de acuerdo con Ripoll. La poesía es realmente un regalo porque dedicas una gran parte de tu vida, porque escribir un poema es un proceso gustoso, empleando un término del Siglo de Oro, pero también se sufre mucho escribiendo; y se sufre como en todo proceso creativo: ¿esto que he hecho está bien? Porque a quién le preguntas. Tú mismo tienes que purgarte el corazón para saber si te ha salido o no. Creo que este es un libro sincero.

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