Dos ejecuciones del 36 en plaza Viudas se suman a la represión al Carnaval

Santiago Moreno publica en 'Andalucía en la historia' un artículo sobre el castigo impartido a la "murga de San José" Ambas víctimas estaban relacionadas con la chirigota "del fraile"

Fotografía de Manuel León de Juan, coautor de 'Los frailes'.
Fotografía de Manuel León de Juan, coautor de 'Los frailes'.
Pilar Vera Cádiz

16 de agosto 2016 - 05:00

La leyenda de la conocida como "chirigota fusilada" ha sido un tema de conversacón a lo largo de las décadas. Pero, como todo hecho asociado a la palabra leyenda, ha estado sometido a imprecisiones e incertidumbres: datos cruzados o inexactitudes propias de la oralidad."Hay quien dice, por ejemplo, que esa denominación se aplica a la llamada murga de San José -comenta el historiador de la UCA Santiago Moreno-. Pero también hay quien te sugiere otras formaciones, lo asocia con otros represaliados, como el Coro de los Fogones; en el 34, los Vendedores de agua de cántaro del XIX, en el 36. Formación que, una semana después de la victoria del Frente Popular, la defendía con el puño el alto, como se ve en el documental Tres días de julio. Ocurre que quien cuenta estas cosas es siempre gente muy mayor y no suelen ser relatos con unidad".

Aun así, afirma Moreno -que se doctoró con una tesis sobre la represión en las fiestas populares durante el Golpe de Estado, la Guerra Civil y la dictadura franquista, El Carnaval silenciado- parece existir cierta unanimidad en torno a que es la murga de San José la que termina calzando el zapato de cristal de la leyenda. Una formación que se había visto envuelta en la polémica con la creación de la chirigota El frailazo y sus tragabuches, en el año 32.

"El tema religioso -explica Santiago Moreno- va a descargar las iras de las facciones más reaccionarias de la ciudad. Una Indignación alentada por el periódico La información y por Acción Ciudadana, grupo del que formaban parte nombres como Carranza o Pemán. Puede parecer exagerado que la insidia y las anchas revanchistas llegaran hasta cuatro años después, pero ahí tenemos el caso de Almonte, por ejemplo: cuando, por orden gubernamental, se ordenó quitar la imagen de la Virgen de los lugares públicos, hubo linchamientos a los concejales, y en el 36, esos represaliados terminaron siendo fusilados".

Los autores de la murga de San José seguirían escribiendo durante los años de la República, aunque no se sabe cuál era exactamente la naturaleza o profundidad de lo que hacían, con agrupaciones como Macanudo y su cuadrilla o, en el 36, Los enchufistas de un país desconocido: "No hay referencia exacta -insiste Moreno-, pero no es difícil suponer que era una murga que hablaba de todos aquellos a los que había colocado el gobierno conservador de la II República en los ayuntamientos de izquierdas, a raíz de los sucesos de Asturias", explica el historiador.

Entre los represaliados de la murga de San José, se encuentran dos cuerpos que aparecieron asesinados a bocajarro la noche del 2 de agosto de 1936, en la plaza de Viudas. Dos muertes que habría que añadir, sugiere Santiago Moreno en su artículo para Andalucía en la historia, a los ejecutados como represión al carnaval. A ninguna de las dos víctimas, Guillermo Crespillo Lavié y Manuel Peña Warletta, se les conocía filiación sindical o política y sí relación con la chirigota de "los frailes". "Tenemos la suerte de que ha sobrevivido el informe de la autopsia -apunta el investigador-, así que sabemos que las muertes se produjeron siguiendo un esquema de ejecución, con orificios de entrada y salida de bala en la cabeza, al inicio de la nuca y después en la sien, que indican que las víctimas estaban de rodillas. Probablemente, según las trayectorias, ejecutados por la misma persona".

La existencia del informe supone un golpe de suerte ante un tema en torno al que la documentación es escasa, por un lado, por las existencia de unos fondo "algo esquilmados" y, por otro, por el desorden propio a los meses del llamado "terror caliente": desde el alzamiento hasta febrero del 37, cuando se impone la justicia militar.

"También está la teoría de que quizá no era una represión realizada propiamente a la murga sino al barrio de San José, porque se intentó una especie de resistencia e incluso se pegó fuego a la iglesia -indica Santiago Moreno, que lleva diez años investigando cuestiones relativas a represión y carnaval-. Pero, realmente, yo no lo creo. Además, la carga simbólica en la represión es muy importante: al matar a un autor, no sólo matas a la persona".

Al matar al poeta, no sólo matas a Federico: matas a Lorca. Y luego están también los números, algo tan terrible y exacto como los porcentajes aplicados a la muerte: en lo que respecta al carnaval, "el porcentaje de represaliados es bastante alto -indica Moreno-, más de un 20% de los 450 componentes que he estudiado ya que, de los 750 del total, he desestimado a los que no aparecían con los apellidos completos. Lo curioso del caso -prosigue- es que en los pueblos también se fusiló y siempre se da el mismo porcentaje. La explicación, que ahora se ve clara desde la historia, es que los fascistas eran un mero brazo ejecutor de los militares, que eran quienes organizaban y ordenaban las muertes".

En su investigación, Santiago Moreno ha ampliado el arco a los carnavales de Huelva, Sevilla, Badajoz y Ceuta, "que presentaban un cuerpo común y ocurre lo mismo que aquí con una diferencia: hay mayor documentación y se pueden encontrar legajos en los que se lee que determinada persona, por ejemplo, ha sido detenida por pertenecer a un sindicato y a una agrupación de carnaval".

Para el historiador, resulta especialmente interesante descubrir cuáles fueron las reacciones de los supervivientes a la represión: "Llama la atención que gran cantidad de comparsistas encarcelados o represaliados se marcharan al frente, muchos, tras salir directamente de prisión -cuenta Santiago Moreno-. Luego podemos distinguir tres tipos de reacción: la del que no quiere saber nada; los que van a luchar porque el carnaval sobreviva, generalmente los más jóvenes, y los que se van a convertir en todo lo contrario, y de ser directores famosísimos, van a pasar a ser figuras importantes del mundo cofrade, por ejemplo, e incluso fundadores de cofradías que, por mucho que digan, en la República no existían".

"Un caso significativo -apunta-, lo tenemos en Manuel López Cañamaque, el autor que más escribió para carnaval durante la II República: qué sería lo que terminaría viendo a su alrededor, que se convirtió en un topo".

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