La máxima del punta y tacón

inauguración El baile de Cádiz ya tiene su figura en la ciudad

La bailaora y profesora Conchita Aranda descubre su escultura en la Merced rodeada por su familia, sus amigos y varios artistas que se sumaron al homenaje

Conchita Aranda, abrazada por su marido Bendito y acompañada de Cascarilla, contempla su monumento.
Conchita Aranda, abrazada por su marido Bendito y acompañada de Cascarilla, contempla su monumento.
Tamara García / Cádiz

10 de octubre 2011 - 05:00

"Punta y tacón, tacón punta, punta y tacón, tacón punta...". Qué aburrimiento... Yo quería bailar por soleá. "Paciencia", pedía mi tio Bendito a, entonces, una niña de ¿seis, siete años? No recuerdo exactamente los años de infancia que atesoraba cuando Conchita Aranda, su mujer, daba clases de baile a las chiquillas y muchachas que acudíamos a la peña flamenca Juanito Villar. "Punta y tacón, tacón punta...", nos repetía a las más pequeñas Conchita marcando el compás con las palmas y a golpe de melena. Había que coger fuerza en las piernas. Yo no lo entendía. Yo quería bailar por soleá. Y, aún así, obedecíamos y taconeabamos. Años después, las escobillas, los replantes, la serie de pasos no resultaban tan complicadas gracias a la máxima de "tacón punta, punta y tacón".... Una sentencia que el viernes se repetía en mi cabeza como una letanía. Allí estaba Conchita, la misma coleta que agarraba de raíz para sacudirla en la salida de la bulería (algo que sus alumnas imitamos con orgullo), la misma elegancia en el plante a pesar de su pequeña estatura, la misma majestad en el braceo. Allí estaba, al filo de los 80 años y agradeciendo como mejor sabe, bailando, el cariño de todos aquellos que acudieron al acto de inauguración del monumento que lleva su figura junto a la Merced.

A la gran personalidad del baile que fue la recuerdo en fotografías, en todo lo que me cuenta mi tío Bendito que, junto con ella y José Vargas Cascarilla, recorrieron países y continentes llevando el nombre de su ciudad con Los Gitanillos de Cádiz, y en algunas de sus últimas aparaciones profesionales cuando yo rozaba la adolescencia.

A la profesora la llevo en los pies, en los brazos, en el pelo, en la piel. Doña Concha Aranda me enseñó, como a otras tantas generaciones de gaditanas, a bailar y a subir a un escenario. De mí no hizo carrera, pobre, pero sí de muchas otras. Y, sobre todo, por encima de todo, me enseñó, junto con mi abuela, a respetar, a entender y a amar con todo mi corazón esa disciplina tan hermosa que es el baile flamenco.

Por eso, el pasado viernes, no fuimos pocos los que nos emocionamos al contemplar a Conchita Aranda apuntando la bulería sobre el escenario con el cante de Felipe Scapachini, uno de los artistas de Cádiz que se quiso sumar al homenaje a la bailaora y profesora al igual que Carmen de la Jara, Manoli de Gertrudis, su hermana Paca, Charo Ramírez (hermana de Chano Lobato), Luisa la de Enrique, Naim Real y un grupo de mujeres que aprendieron a bailar con Conchita tanto de la peña de La Perla como en Juanito Villar.

La alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez y varios de sus concejales, el presidente de la Asociación de Vecinos Las Tres Torres, artífice de este homenaje, el flamencólogo Félix Rodríguez, que presentó el acto, el presidente de la Cátedra de Flamencología, Antonio Barberán, y los presidentes de varias peñas de la ciudad compartieron con Conchita su día especial, además de José Antonio Barberá, autor de la escultura, muchos aficionados, su hijo, sus nietos, su marido y el amigo Cascarilla.

Hubo cante, poemas y baile. Y hubo cariño y muchos recuerdos. Y el compás de fondo del punta y tacón, tacón y punta.

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