Dolor docente

29 de septiembre 2023 - 00:30

Desde 2004 ejerzo como profesora. Ha llovido, y los aguaceros han sido intensos. Unos han empapado más que otros, sobre todo los que tienen que ver con la cero empatía y el nulo compañerismo, que aunque son los menos ruidosos, son los que más daño hacen. Porque con el ruido en las aulas sabemos bregar, está incluido en la nómina (bastante menguada en comparación con el sueldo público de trabajadores del mismo nivel profesional, aunque es preferible no tocar eso del nivel, la categoría ni la importancia que tenemos los profesores, equivalente a la ignorancia que hacia nuestra realidad laboral se manifiesta en una sociedad donde hablar de educación, conocimiento y cultura es perder el tiempo. Es que los profesores somos todos unos vagos y tenemos muchas vacaciones. Es que los que nos dedicamos a guardar adolescentes, muchos obligados, en (j)aulas, nos podemos dar con un canto en los dientes, ya que a los que curramos en la pública como funcionarios de carrera, ya se sabe que nos ha tocado la plaza en una tómbola. Véase el sarcasmo más hiriente en un día negro en el que llegando a mi IES (en el que estoy por elección. Voluntad propia y pleno derecho), me hiere en lo más hondo la noticia: un chaval de catorce años, clónico seguramente de los que tengo yo conmigo a diario, apuñala a compañeros en su instituto, da igual que sea Jerez, Barbate, Barcelona o Valladolid. No creo que sean necesarios este tipo de sucesos para que los centros de enseñanza de secundaria estén en el punto de mira de los medios de comunicación, para que por fin se alce la voz y se sepa un poco lo olvidados que estamos los que vivimos una realidad triste: falta de recursos, falta de atención rigurosa a la salud mental en el entorno de la tiza, nulo reconocimiento, poca estima. Ya no es admirable el maestro, ahora infunde lástima por el público ante el que se expone cada día, un público que viene de casa con un desconocimiento total del sentido del respeto, las formas, el saber estar y ciertos valores que son perfectamente compaginables con las hormonas, pero a lo mejor no con el todo vale, los smartphones de lujo, por ejemplo, sin oler ni de lejos qué significa el esfuerzo y el entrenamiento de la fuerza de voluntad. Y por supuesto no generalizo y a las gloriosas excepciones me abrazo para no creer que he fracasado, que no tengo una vida errada que naufraga, a pesar de haber dado todo por una profesión que siempre ha sido de las más preciosas. En fin. Se producen agresiones porque pueden producirse. He ahí nuestro desvalimiento. Ese chico no sólo ha apuñalado a sus maestros, a las personas de su cole, sino que ha reavivado la pena que ya viene de lejos: el desprecio latente que condena a muerte la ilusión de los que, a pesar de la tormenta navegamos, el tremendo dolor docente.

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