
Montiel de Arnáiz
Bretón, Montero y Alves: 'El Odio'
Análisis
Sevilla/Las cartas están sobre la mesa y los jugadores dispuestos a apostar fuerte. Se saben, o al menos se intuyen, las ganancias que cada uno espera y la estrategia a seguir para lograrlo. Lamentablemente las cartas repartidas no permiten a Europa aspirar a mucho más que a terminar la partida sin perder demasiado. Son tiempos difíciles para defender el estatus de “economía avanzada” del que hemos disfrutado durante más de medio siglo en el seno del orden económico internacional surgido de la II Guerra Mundial, básicamente porque durante todos estos años hemos consentido que nuestro sistema de bienestar se haya hecho cada vez más dependiente del resto del mundo en materia energética, de suministros baratos desde el lejano oriente y de seguridad igualmente barata desde el otro lado del Atlántico. También hemos consentido la plena ocupación del trepidante espacio tecnológico de base digital sin la presencia destacable de ningún gigante europeo. Todo ello ha terminado por lastrar pesadamente la sostenibilidad del modelo social y la competitividad de la economía, como de forma nítida, aunque también tardíamente, han señalado los informes Letta y Draghi.
Profundizar en un sistema de bienestar avanzado ignorando los problemas de sostenibilidad provocados por la dependencia puede ser una elección razonable a corto plazo, especialmente en el asfixiante clima político creado por el populismo, pero a largo plazo garantiza la condena a la insignificancia en el cambiante juego geoestratégico global. Sudar la camiseta para defender la supervivencia del modelo, como nuestro presidente sostiene, podría no ser una opción elegible, si al mismo tiempo no se consigue reducir la dependencia externa y mejorar la competitividad de la economía. Pero, ¿cómo hemos llegado a esta situación?
El capitalismo democrático surgido del pacto político por un nuevo orden económico internacional tras la II Guerra Mundial, añadía al capitalismo liberal (libertades individuales, estado de derecho y separación de poderes) dominante hasta entonces en occidente, el compromiso de avanzar en derechos sociales y en la construcción de un estado del bienestar. A cambio, los movimientos de izquierda, particularmente activos desde finales del XIX y alineados por entonces con las tesis marxistas, debían aceptar el mercado como mecanismo de asignación de recursos, lo que obligaba a los gobiernos elegidos democráticamente a impulsar políticas redistributivas que permitiesen cumplir con lo pactado. La parte vulnerable del nuevo contrato social era que el funcionamiento del modelo exigía que los mercados fuesen capaces de proveer al sistema de los recursos financieros necesarios para su sostenibilidad. El problema era que la naturaleza intrínsecamente inestable de la economía suponía una amenaza permanente de incumplimiento.
Durante décadas los mercados cumplieron eficazmente con el compromiso, pese al permanente crecimiento en tamaño del sistema de bienestar, que en la práctica suponía la provisión gratuita o subsidiada de una cantidad cada vez mayor de servicios públicos al conjunto de la población, y a las dificultades propias de las crisis periódicas. Así fue hasta que el colapso financiero internacional de 2007/2008 puso en jaque a la totalidad del sistema. Su fragilidad, en el caso de Europa, se puso de manifiesto con la crisis de deuda soberana, que convirtió a la economía del euro en el mayor foco de inestabilidad financiera mundial. Populistas de izquierda y derecha, incluido el independentismo radical en el caso español, vieron en el colapso del sistema de bienestar y en la involución en políticas sociales, especialmente en las relacionadas con la inmigración, una oportunidad para introducirse entrelas fisuras del capitalismo democrático y provocar el debilitamiento de sus estructuras desde dentro.
Antes del retorno de Trump a la Casa Blanca, N. Fraser anticipó en 2022 en su libro Capitalismo caníbal (en español en Siglo Veintinuo Ed., 2023) la eclosión del capitalismo democrático como resultado de un proceso autodestructivo. El planteamiento, de fundamentación marxista, bien podría calificarse de desmesurado, de no ser por lo afinado de sus hipótesis tras las primeras medidas de la nueva administración norteamericana en materia de guerra comercial. Nos adentramos en una crisis general en la que se superponen una serie de circunstancias que fácilmente prosperan en un contexto capitalista, pero con notable potencia erosiva sobre los pilares de la democracia. Entre ellos, la desigualdad y el trabajo en precario, el racismo y las crisis migratorias y del clima, además de un aumento del militarismo y el encumbramiento de oligarquías gobernantes en países como China y Rusia, a las que habría que añadir el gobierno para ricos (plutocracia) que se perfila en los Estados Unidos. En esta enorme convulsión política de alcance global, el capitalismo se desprende de las restricciones que impone la democracia para evitar sus excesos, con el consiguiente aislamiento de Europa en la defensa de su particular modelo de convivencia.
La guerra comercial promovida por Trump supone una ofensiva proteccionista de la que existen antecedentes en los propios Estados Unidos. Con la llegada de H. Hoover a la presidencia en 1929 y la intención de proteger a la industria y agricultura norteamericana del hundimiento de los precios en Europa, se puso en marcha un programa de subidas arancelarias, que es reconocido como uno de los grandes errores de la historia de la política económica. Sus efectos se propagaron rápidamente por todo el mundo, dejando en los Estados Unidos el desolador panorama que conocemos como la Gran Depresión. Unos años después se iniciaba en Europa la II Guerra Mundial. Es pertinente recordarlo, no solo por la relevancia de los intereses económicos esgrimidos por Trump para intervenir en conflictos bélicos activos, como la invasión de Ucrania, o pasivos, sino también por la incertidumbre sobre el devenir de la OTAN y por la urgencia repentina provocada en Europa para corregir su desidia durante décadas en materia de defensa.
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