Manuel Amaya Zulueta

El embrujo de la Copa

Más allá del amarillo

04 de abril 2025 - 03:03

Echola larga mirada a la infancia y me veo ante la grandiosa arradio (prótesis de mi barrio) del pequeño comedor de mi casa, pared con pared con el Nazareno, Regidor de la ciudad, y me advierto con diez u once años, oyendo la final de la Copa de España junto con mi padre. Jugaban el Madrid y el Bilbao. Ganó este último por dos a cero. La figura del encuentro -dijeron- fue Etura, quien consiguió parar a Diestéfano, caño principal por el que corría todo el juego de la pandilla de Santiago Bernabéu. ¿Los goles? No recuerdo los autores. Pero disfruté como un mono chico. La oreja pegada a la enorme radio de entonces. Parecía que se veía el balón, la dura entrada del defensa, la comba de la bola en un córner, el color de las camisetas o blusones a rayas blancas y rojas, la alopecia creciente del number one, pues a falta de televisión, los narradores eran maestros comunicativos. El encanto de la Copa. No recuerdo hoy día ningún partido de mi infancia. Ni de Liga ni de Copa, ni de la Copa de Europa. Porque la Copa es un torneo especial, donde no queda respiro ni lugar para el error, aunque sí para el fracaso y donde nadie se guarda nada, por su condición efímera. Eleva al altar de San Balón a cualquier equipo o jugador. O derriba a otro. O a un árbitro funesto. La Liga es un dilatado río que discurre durante casi todo el año por la planicie de lo duradero. La Copa es un torrente chillón que apenas perdura noventa minutos. Su instantaneidad es su esencia.

Y que no falte, porque hemos asistido a dos semifinales grandiosas. El 4/4 de Barcelona fue una centella de oxígeno para los del nerviosísimo Simeone. El Vinicius de la otra acera. Aquel tiovivo de goles se resumía en un partidazo demostrativo de la grandeza de la nueva religión del siglo XX. Nadie podía imaginar que aquel excepcional empate se resucitaría en Chamartín. Pero la Copa es una bombonera de sorpresas. Porque el partidón entre la Real y el Real, fue para catalogar. El equipo de San Sebas, por el que nadie daba un euro, aspiró un gran chute de Copa y se agrandó por el embrujo impar de ésta. Y cuando menos se lo espera, el Madrid lleva tres chícharos en la joroba. La eliminatoria está perdida, pensarían algunos. Pero se agarraron a la maroma mágica de la Copa y empataron en un plis plas, con ese misterioso poder del Madrid para resolver situaciones acongojadas en los finales de los partidos. Prórroga. Y aparece el alarmante cuarto gol de un equipo que venía de pasarlas moradas ante el presegunda Valladolid. El Madrid pega otro arreón de los suyos con un gol de cabeza de Rüdiguer y vuelve el empate, ahora para expedir a su caserío a los del norte.

Hace sólo horas se concluyó el match entre Atlético y Barça. Otra singularidad de esta Copa/2025: esta vez no hubo más que un gol. Menos goles pero la misma emoción. El monstruo de 17 años, nos flipó durante 45 minutos de Mágico Gonzáles jovencito y puso a Ferrant delante del guardavallas argentino. El delantero no erró. Curiosamente por este jugador no apostaba nadie hace unos meses; pero cada vez que entra moja. Cosas. Cosas de este torneo incomparable, exclusivo, el más futbolero de todos. Lo llaman el del cacao. Perdón, quise escribir el del caos.

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