
Tribuna Económica
Joaquín Aurioles
Balanzas
El Alambique
Llevo tiempo dándole vueltas a qué hay detrás de que la población en masa se incline hacia una ideología u otra. Determinadas ideas pasan en muy poco tiempo de ser consideradas benéficas a peligrosas y al contrario. En España lo hemos visto en la historia reciente, el apoyo o la crítica a ciertos temas es voluble como una ola. Corrientes de pensamiento a favor o en contra que, casi de pronto, se dan la vuelta. Me preocupa porque sabemos que la adquisición de derechos siempre está a merced de un cambio de aires que los vuelva a aniquilar.
'Tabú', una serie documental conducida por el periodista Jon Sistiaga, dedicó un episodio a tratar de responder a la pregunta “¿De qué está hecho un malo?”, que me sirvió para entender el problema. La idea general defendida por los psiquiatras entrevistados es que no hay nada biológico que predestine a ser “malo”, no hay unos genes para la maldad, pero sí que los hay para la agresividad o la insensibilidad ante el dolor ajeno aunque esto no predestina sino que se une al factor ambiental. El catedrático de Psiquiatría Adolf Tobeña explica que hay solo un 5% de personas que se dedican sistemáticamente a perjudicar y un 20% que no necesitan normas ni leyes ni ojos vigilantes porque son buenas, generosas y leales. Pero en medio, existe un 75% que actúa en función de lo que ve, de manera que si predomina el escaqueo, la corrupción, saltarse las leyes, cometer pequeñas faltas o delincuencias, se apunta, pero si en la sociedad predomina la cooperación, seguir las normas, ser buen ciudadano, ayudar a los demás, se apunta también.
No hago más que pensar en lo peligroso de conocer y saber manejar las estrategias, los resortes que hacen que ese grupo mayoritario se incline a imitar la tendencia general y es obvio que ahora, más que nunca, el manejo del relato está en manos de unos pocos que controlan las redes para extender ideas tendenciosas y peligrosas. Entre ellas, me asusta bastante cómo la construcción de una sociedad diversa, plural y libre está volviendo a ponerse en entredicho. Asoman de nuevo patrones estrechos que hacen difícil respirar. ¿Qué coste tendrá frenar el auge de estas modas?
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