Queremos tanto a Manu

El Alambique

04 de abril 2025 - 07:00

La semana pasada despedimos a nuestro amigo Manu, con quien tanto queríamos. Era, en el buen sentido de la palabra machadiana, bueno. Un hombre de luz que hizo suya la máxima de los Scout: deja el lugar en el que estuviste un poco mejor de como lo encontraste. A mí también me mejoró mi espacio sentimental desde el primer día que nos vimos.

En su vida administrativa, Manu era Manuel Ángel León Aragón, secretario de la Subdelegación de Gobierno en Cádiz, la segunda autoridad del Estado en la provincia. Lo conocí en los primeros 2000, cuando llegó destinado al Servicio Andaluz de Empleo. A la media hora de presentarse ya éramos amigos para siempre y nos estábamos riendo a carcajadas. Tenía una voz melodiosa y una seductora vis cómica con la que podía dejarnos hipnotizados mientras construía una anécdota. De repente, soltaba un comentario tan divertido (“Manu León, un admirador, un amigo, un esclavo, un sierrrr-vo”) que el café del desayuno se te salía por la nariz. Detrás de su porte serio, de su profesionalidad incuestionable y de su gafas tras las que nos miraba con ojos de niño, se camuflaba un prójimo lleno de gracia. Donde estaba, sucedía la risa. Bautizó como mendozadas mis desesperados intentos por estar a su altura, ocurrencias que no llegaban a convertirse en hallazgos porque, según él, no les daba el tiempo de maduración suficiente. “¡Filtra, Pepe, filtra! Todo lo que me evoca Manu es feliz y pertenece a un tiempo dichoso.

Se fue con la misma elegancia con la que vivió. Su apuesta radical por la esperanza (la esperanza, dice Cortázar, le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose), arropado por Cheli, Araceli, Elena y Marta, ha sido una de las experiencias emocionales más conmovedoras que he tenido que gestionar. Manu se despidió uno por uno de sus amigos más cercanos. Poco antes del fin brindó con vino de la tierra junto a Fabián y a Jose, para agradecer esa aventura maravillosa que consiste en abrirte a una persona y ofrecerle un lugar en tu existencia. De su testamento vital, que fue leído en su despedida, aún resuena en la iglesia este reconocimiento agradecido y cómplice: “Cheli, lo hicimos bien”.

Sonreír, recordarlo, hablarle. Celebrar todos los días esa cálida sensación que deja en el corazón la fraternidad más profunda. Seguir honrando, de aquí a la eternidad, su memoria de hombre bueno al que queremos tanto.

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