Sin boquerones

13 de abril 2024 - 06:00

El otro día salí con prisas a comprar pescado. En el camino de ida, alguien me llamó desde un coche. Al volverme, salió un señor calvo y con gafas de sol oscuras que me dio un abrazo muy efusivo. Me costó reconocerlo. Era un antiguo alumno al que di clase mi primer o segundo curso escolar aquí en El Puerto cuando él tenía unos 14 años y yo ni siquiera había cumplido los 30. Estaba recogiendo a su hijo pequeño en la puerta del colegio. Me puso al día de cómo había conseguido superar una mediocre vida de estudiante hasta hacerse un profesional capacitado y amante de su trabajo. Estaba satisfecho.

Al llegar a la pescadería, había mucha gente en cola y, además, los boquerones que iba buscando no tenían la buena pinta que yo esperaba, así que decidí volverme a paso rápido para no tener la sensación de haber salido para nada. Iba caminando al solecito todavía fresco de la semana pasada y el encuentro me había hecho ralentizar el paso, disfrutar la salida. De frente, venía una señora bastante mayor, bajita. Caminaba a paso lento y se apoyaba en una muleta. Me sonreía desde lejos hasta que al cruzarme con ella me dijo de forma muy cariñosa y simpática: “¡Qué buen cuerpo, hija, a ti te ha dado tu padre el que a mí no pudo darme el mío!”. Me hizo mucha gracia, me paré a darle las gracias y echamos unas risas.

Volví antes de que acabara el recreo sin boquerones, pero con una sonrisa de oreja a oreja cargada de buenas vibraciones gracias a los dos encuentros inesperados. Creo que a esto se le puede llamar serendipia, el hallazgo que surge de manera casual, cuando se está buscando otra cosa. Pero estaba pensando que no sé si tenemos una palabra para lo contrario, cuando no se busca nada, pero algo se filtra en el día para fastidiarlo. Lo más tonto: una rendija que cuela el frío y corta el cuerpo, una llamada de teléfono que no apetecía recibir, un comentario desagradable de alguien que se choca contigo, una comida que se empeña en pegarse o quedar sosa...

Qué frágil es el estado de ánimo y qué frágiles somos. Seres sensibles expuestos emocionalmente. Qué pronto dejamos que se nos nuble el día aunque no tengamos una palabra para denominarlo.

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