Enrique García-Máiquez

El Bulli y la bulla

De poco un todo

31 de enero 2010 - 01:00

La semana del paro y de la subida de la edad de jubilación, Ferran Adrià ha llenado tanto espacio en los medios como esas noticias bomba. Pero, ¿qué ha hecho? Pues informar que para dentro de dos años se tomará otros tantos de período de reflexión. Ah.

No he comido en El Bulli. Desde lejos, uno oye hablar de sus texturas de menestra, de sus esferificaciones, de sus nitrógenos líquidos, de sus deconstrucciones y, sobre todo, de sus porciones diminutas en vajillas inmensas, y comprende su éxito: es la cocina ideal de la sociedad opulenta: platos caros para gente sin hambre. Y aunque uno, como salta la vista, es de más apetito, aplaude sus méritos. Ferran Adrià ha llevado el nombre de España por todo el mundo, ha construido (sin deconstrucción que valga, que la pela es la pela) un modelo de negocio que se estudia en los MBA y ha recibido premios y distinciones sin cuento.

Que ahora anuncie que se va para estudiar y experimentar no es un mérito menor. Sugieren las malas lenguas que últimamente no le cuadraban los balances. No me lo creo, porque el cierre no es inmediato, sino para el 2012 y 2013. Puestos a ver un móvil económico, estaríamos ante una jugada maestra de marketing. Gracias a la publicidad (gratis) de estos días y a dos suculentos años de cuenta atrás, aumentará su demanda.

Pero, además, hay que descubrirse ante la ejemplaridad de su gesto. Se retira un hombre en la cúspide de su fama para recordarnos que no hay creatividad sin reflexión y silencio. Ya cerraba el restaurante 6 meses al año, pero ni medio año basta a sus ansias de excelencia.

Al mismo tiempo nos enteramos de que los trabajadores españoles (los que quedamos) somos los que más horas echamos de Europa y los menos productivos. No es casualidad. El contraste nos lo sirve El Bulli en bandeja de plata. Curiosidad intelectual, vocación, amor por lo bien hecho y mucha calma son fundamentales. A medio camino entre el epigrama latino y la parábola oriental, lo explica Gómez Dávila: "Las aguas que no se adormecen en remansos sólo dejan secas torrenteras".

Aquí, en cambio, optamos por el ajetreo: los parados no pueden parar; alargan la edad de jubilación, que era, al fin, una oportunidad de ocio; se acortan los estudios generales al bajar la edad de ingreso en la FP; se cuestionan las vacaciones de los profesores y, en general, se acelera el ritmo de la vida, a la vez que difuminan sus metas y su sentido. Corremos, pues, como pollos sin cabeza. Sólo los grandes pueden pararse, por su cuenta y riesgo, a pensar. Y por eso, en un círculo virtuoso perfecto, serán más grandes. No es mi caso, así que miércoles y domingos seguiré aquí, como un clavo, y cada mañana en mi trabajo, al pie del cañón. Y feliz de tener trabajo, claro, pero muy agradecido también a la lección que Ferran Adrià nos ha dado a todos, clientes o no de El Bulli, pero zarandeados, y cómo, por la bulla.

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