Enrique / García-Máiquez

DANTE 750

Su propio afán

01 de junio 2015 - 01:00

HA pasado más de una semana y aún no se me ha pasado la impresión. Miquel Barceló concedía una entrevista a Babelia. A la pregunta: "¿A qué artista de todos los tiempos invitaría a cenar?", respondió: "A Catherine Deneuve". Piénsenlo: ¿qué artista? y ¡de todos los tiempos! Cabría que la respuesta de Barceló fuese una salida irónica a una pregunta naif o un deje masculino, enamorado, pero lo que añade desactiva ambas excusas: "Es una amiga y dice que soy su pintor favorito". O sea, que quiere que se lo repita otra vez.

No me extraña que no quiera cenar con Dante, que es el primero en el que pensé yo. Después de las ilustraciones que el mallorquín perpetró para la lujosa edición bilingüe de la Divina Comedia del Círculo de Lectores y conociendo el carácter del afilado florentino, lógico que escurra el bulto. Yo, tras repensarlo, tampoco elegiría a Dante, sino a Shakespeare. Dante escribió una obra clarísima y, además, él es uno de los protagonistas. Para cenar con Dante basta abrir su libro y leerle. Shakespeare es la sombra oculta tras el deslumbrante elenco de sus personajes, y es su clave de luz. Tengo intuiciones que confirmar con él.

Las dificultades de la Divina Comedia son extrínsecas. Por un lado, necesitamos el apoyo de las notas a pie de página porque ignoramos las anécdotas históricas que Dante da por sabidas, como lo eran en el siglo XIII. Ésa es la dificultad fácil. Luego está la intelectual: todo Dante se construye sobre los firmes cimientos de la ortodoxia católica. Sin creerla, la lectura apenas pasa de curiosidad cultural y goce estético a ráfagas. Se puede incluso confundir la naturaleza del libro y asimilarlo a una ficción fantástica gore, siendo, en realidad, su pura antítesis.

Hoy se cumplen 750 años del nacimiento de Dante. Pero ni una efeméride tan contundente debe ser nuestro motivo para leerlo. Dante resulta prácticamente imprescindible para entender -si se pretende hacerlo- el alma y el mundo, además del demonio y la carne. Ya observaba su tiempo y su política desde fuera (que es desde donde se juzga y se comprende), así que no digamos este tiempo. Por ejemplo, cuando los pitidos al himno y la sonrisa helada de Artur Mas, apagué la tele y me fui adonde el florentino habla con gran precisión de los sembradores de discordia y, más adelante, de los traidores a la patria. En los muy ilustrativos cantos XXVIII y XXXIII. Del Infierno, me temo.

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