Pedro Fernández

El Festival de Música Española de Cádiz, otro recorte más en los presupuestos andaluces para la ciudad

27 de noviembre 2023 - 06:00

Comenzó el Festival de Música Española de Cádiz, en su edición de 2023, con sorpresas en su programación para quienes hemos asistimos regularmente a sus anteriores convocatorias. Y las sorpresas no lo son precisamente para bien, ni en línea con las críticas ya formulada frente a anteriores ediciones.

Lo que constituía el plato fuerte de anteriores programas, la presencia en él de las orquestas andaluzas con conciertos en gran formato, ha desaparecido. Este año quedan las meritorias Orquestas Joven y Bética, pero no las sinfónicas de Sevilla, Córdoba, Almería, Málaga y Granada que una vez al año venían a suplir la carencia de tales formaciones en nuestra provincia, solo paliada por la dignísima Orquesta Álvarez Beigbeder, con sede en Jerez.

En la declaración de intenciones del programa 2023, se menciona como objetivo del cambio en la orientación del Festival la pretensión de fomentar “la música creativa concebida y recreada desde un espacio geográfico, el de la música andaluza y española, pero en conexión con la realidad social y cultural de un universo hiperconectado y en permanente proceso de transformación” a la vez que nos anuncian, por si no lo sabíamos, que “el futuro ya está aquí..”, así como los consabidos “retos tecnológicos” y “las nuevas realidades que no puede ni debe esquivar un festival de nuestro tiempo”.

Así las cosas, y al abordar esa nueva etapa “renovada” del festival a la que parece que estamos abocados, con base en tales argumentos (por otra parte ya manidos e incongruentes con la nueva programación) merecería la pena pararse a considerar lo que para nosotros representa este evento tras sus veinte años de trayectoria.

Lo primero a destacar es que desde el principio se optó por hacer un Festival concebido desde Sevilla como un pack musical “todo en uno”, diseñado sobre la base de lo que se opina allí sobre nuestras necesidades, sin conocer la realidad cultural de la Bahía en la que se desembarcaba y sin implicación ninguna en las estructuras locales. Ello redundó en que, una vez concluido, no quedará nada como legado para el resto del año. Si no se siembra, no se recoge.

Tras esos veinte años ahora la música clásica, que constituía el objeto central de esa programación, según se deduce de lo dicho en el programa del festival, ha pasado a no ser compatible “con las tecnologías”, con “el futuro” ni “con el universo hiperconectado”. Y si eso se piensa en Sevilla, eso es lo que toca en Cadiz.

Quizás con ese cambio de rumbo alguien pensó que una nueva propuesta para el festival, que dura apenas algo más de una semana al año, iluminará el camino para el fomento de las nuevas músicas, y que ha de ser en detrimento de todo lo demás, tanto con las propuestas de clásica de cámara como, en especial, con las músicas en gran formato. De lo que parece que no se es consciente es que nuestra realidad es otra, las carencias en la ciudad exigen otro tipo de apoyos y, por el contrario y en lo referente a las orquestas, que para Cádiz esta era la única oportunidad de escuchar a las orquestas andaluzas, al contrario que en el resto de Andalucía, donde la programación de sus respectivas formaciones se lo permite durante todo el año.

La clásica en general y las de gran formato en particular, no ya es que lo merezcan, sino que sin esa protección pública simplemente desaparecerán. En Cádiz lo sabemos, porque con la singular configuración de sus ciudades (no hay grandes urbes que manejen grandes presupuestos) es difícil abordar proyectos culturales costosos como lo representa mantener una orquesta.

Pero, ¿por qué ahora en el festival se reduce la música clásica a su mínima expresión? La clásica, y en especial la orquestal, por un buen número de razones (su formato, su capacidad de convocatoria, sus exigencias de espacio, sus tiempos de maduración para alcanzar la irrenunciable excelencia que siempre se ambiciona en ella, su relevancia cultural…) necesita del apoyo público y eso es de lo que más se carece a lo largo del año en nuestra ciudad.

A lo largo del último año puede decirse que no ha habido ni una sola presencia de estas formaciones, salvo las eventuales y vocacionales agrupaciones locales y de Jerez y las del Festival. Y desde ahora, ¿ni eso tendremos? Si no existe ese apoyo público la música clásica (en cualquiera de sus formatos) no puede sobrevivir, como otras disciplinas igualmente valiosas. Y ciudades como Cádiz, con escaso nivel de renta, necesita mantener esas muestras a través de una protección especial, que es lo que hasta ahora desempeñaba este Festival. ¿A partir de ahora se acabó? ¿Hay que acudir a Sevilla para oír a Beethoven, Mozart o cualquier otro de los que se prodigaron en la historia de la música con los grandes formatos?

El programa de este año del festival “renovado” incluye tendencias (de lo clásico más o menos convencional al pop urbano, pasando por el flamenco, algunos actos de interés en el ámbito académico-docente y propuestas híbridas o de pop, clásico o convencional) hasta constituir una amalgama difícil de clasificar.

Puestos a pensar bien, parece que se pretenda enfocarlo como un festival generalista y para todos los gustos, incluido el carnaval. Pero eso es algo que la programación que ofrece la ciudad ya cubría, aun sin grandes figuras, novedades deslumbrantes o proyectos ambiciosos. Eso ya lo teníamos en producciones para todos los gustos. Lo que no podemos tener es lo que representaba el Festival y si se nos priva de ello no es por renovar su contenido sino por otras razones.

Se presente como se presente, es de nuevo el consabido olvido de las provincias periféricas y el siempre temido recorte presupuestario en cultura en el ámbito autonómico. Es la nueva política económica, menos impuestos y menos servicios, sálvese quien pueda, salvo que se esté dispuesto a ir a Sevilla a disfrutarla. Quien pierde, en este caso, es la música clásica y, en Cádiz, el conjunto de la Bahía.

A esos contenidos musicales “renovados” (y a los no renovados pero que se presentan en algunos casos con formaciones preprofesionales, ¡vaya nivel¡), seguro que merece la pena dedicarle otros espacios en el año, trabajando las músicas emergentes, las nuevas ideas y formatos, las hibridaciones y las nuevas tendencias, pero debería hacerse sin sacrificar a la clásica y el meritorio esfuerzo acumulado durante las veinte ediciones pasada.

Llueve sobre mojado. La experiencia de nuestra marginación en los presupuestos andaluces no es nueva. Ahí están los proyectos siempre pendientes de traslado del hospital, la Ciudad de la Justicia, la ampliación y reforma del Museo de Bellas Artes, las obras de la Real Academia en el Callejón del Tinte, la dotación museística de la Casa Pinillos o la ausencia de inversiones en sus infraestructuras culturales como las del Teatro del Títere, el Teatro Pemán del Parque Genovés o el Centro de Interpretación de la Constitución de 1812, abandonado hace ya 10 años. ¿Quieren más casos que lo demuestren?. Añádanle la falta de programación de sala de exposiciones del Baluarte de San Roque o del Castillo de Santa Catalina, o en el Museo Litográfico o el de los Títeres de la Tía Norica, ello da una muestra clara del abandono que sufre nuestra ciudad en materia de producción cultural. ¡Clama al cielo la ausencia todavía en ella de un espacio dedicado a la figura y la obra de Manuel de Falla, tantas veces reclamada y sin perspectiva de que llegue a existir!

Alguien en las administraciones responsables debe asumir que, así, para los gaditanos el futuro seguirá sin ser nada prometedor, que el fomento de la cultura no puede lo enfocarse hacia la atracción de visitantes para que llenen las terrazas de la ciudad y a que con ideas tan poco brillantes como las que refleja el Festival de Música “renovado” y sin las inversiones públicas pendientes, Cádiz queda de nuevo a su suerte. Si solo dependerá de nuestros propios medios, será imposible levantar cabeza pero que, al menos, no nos deberían tomar el pelo vendiéndonos la moto del “futuro”, “las nuevas tecnologías” y “el mundo hiperconectado” del que, por el contrario, cada vez estaremos más lejos.

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