
La aldaba
Carlos Navarro Antolín
El fervor mitinero y el fervor tuitero
Opinión
HAY muchas maneras de pasar a la historia del fútbol. John Terry eligió ayer la peor. El gran capitán del Chelsea, el hombre que simboliza los valores del club londinense, tuvo en sus botas la posibilidad de convertir en realidad los sueños de grandeza de Roman Abramovich en la mismísima madre Rusia pero falló. Las tandas de penalti están repletas de errores insignes, como el de Maradona, en el Mundial de Italia ante Brasil; el de Baggio en la final del Mundial de EEUU ante Brasil; de Platini... en resumen, de futbolistas míticos que, llegados el momento, también pretendieron ser diferentes desde los 11 metros. Antes de ese fallo, John Terry había sido un hombre clave en el cuadro de Avram Grant, incluso salvó un gol cantado al desviar con la cabeza tras realizar un escorzo imposible. Si en ese momento hubiera sabido lo que le deparaba el futuro, muy posiblemente habría dejado pasar la bola. Se habría ahorrado mucho sufrimiento y, sobre todo, apechugar con la leyenda de ser el hombre que pudo haber dado la primera Copa de Europa al modesto Chelsea. De ahí su llanto inesperado al término del encuentro, desconsolado y sincero como el de un niño pequeño, tan inusual en un tipo de su carácter. Pero no había consuelo posible. Entre otras cosas porque Terry es del Chelsea. Toda su vida ha sido del Chelsea. Es el capitán, el buque insignia, el hombre que manda en un vestuario plagado de estrellas. A su lado, Anelka, el otro verdugo del sueño londinense, exhibía un semblante tranquilo, como si la película no fuera con él. Ésa es la diferencia entre los jugadores de verdad, los que aman el fútbol, y los que juegan por dinero.
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