Enrique / García-Máiquez

Solidaridad sobrevenida

Su propio afán

13 de enero 2015 - 01:00

MI admiración por Esteban, nuestro compañero de humor gráfico, no podía ser mayor, y aún ha crecido con el chiste de ayer. El maestro zanjaba el correoso debate que se ha creado alrededor del "Yo soy Charlie". Es una máxima muy simple, como corresponde a un eslogan, que pretende manifestar nuestras condolencias y el reconocimiento al valor de los dibujantes muertos. Pero, además de simple, es compleja, porque parece que incluye el humor zafio y el afán de epatar al creyente de cualquier religión. Esto es lo que rechazan los que objetan su "Yo no soy Charlie". Ese humor de la revista, yo también lo rechazo, faltaría más, y las blasfemias ni digamos, pero pienso que no es el momento (los asesinatos aún sobre la mesa de redacción) para entretenerse en matizaciones. No me gustaba el eslogan; tampoco el repudio del eslogan.

Y en esto viene Esteban y nos lo aclara todo, zas, de un plumazo. Advierte su viñeta: "Tú eres Charlie". Ahí está la clave. No se trata de que yo me identifique con la línea de la revista satírica, que no lo hago, sino que todos, por occidentales y amantes de la libertad, somos para el yihadismo víctimas potenciales. La solidaridad entre nosotros no depende de nosotros. Tampoco le gusta nada a Bernard Willem Holtrop, miembro fundador de la revista y que salvó el pellejo por su afición a fumarse los consejos de redacción, el apoyo de instituciones respetables que él desprecia ni el de tantos biempensantes ni creyentes como yo. Pero ni a él ni a mí nos queda más remedio que asumir esta solidaridad sobrevenida.

Defendemos libertades distintas pero que, al tiro de piedra del islamismo radical, se confunden como dos gotas de agua. Me consuela pensar que para la revista, la blasfemia es imposible. Sólo quien cree en Dios puede blasfemar en sentido estricto. "Charlie Hebdo" ofende a lo bruto a los creyentes para poner a prueba los límites de la libertad y la tolerancia (y vender). A la revista quizá le anime saber que, en efecto, me ofende, y lo mismo que a los musulmanes. Aunque menos, quizá, de lo que yo lo hago a ellos y a los musulmanes profesando que Cristo es el Hijo de Dios vivo, a cuyo nombre toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra, en el abismo. Claro que ante sus chistes, yo me doleré, repararé y protestaré, y nada más (ni menos); y ellos, frente a mi fe, publicarán sus chistes salaces, y nada más (ni menos). El "nada más" nos une.

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