Abandonado a sus enemigos

Envío

03 de abril 2025 - 03:04

Lamentablemente, en la historia de la Iglesia nos encontramos con la actitud colaboracionista de muchos eclesiásticos con los poderes de este mundo, incluso con poderes abiertamente hostiles a la fe y empeñados en hacerla desaparecer”. La cita pertenece al prólogo escrito por el padre Santiago Cantera, hasta hace unos días prior de la abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, al libro de otro sacerdote, Javier Olivera, sobre la contrarrevolución cristera en México, recientemente aparecido. Aquel movimiento, próximo ya a cumplir un siglo, fue la reacción popular ante una persecución gubernamental de carácter masónico que tuvo a los sacerdotes como principal objetivo. Y, sin embargo, fue el alto clero, con la anuencia de Roma, el que vendió ignominiosamente a los rebeldes que luego fueron masacrados sin piedad: “Por cobardía, por interés de conservar un bienestar material y temporal o su status personal o, en el mejor de los casos, por ingenuidad y mal cálculo de resultados finales, optan por establecer una vía diplomática de pactos, acuerdos y cesiones que al final terminan siendo un desastre para los fieles, para el clero y para los religiosos consagrados”.

Los tiempos editoriales impiden leer lo transcrito como una narración de lo sucedido en estos días en el Valle. Los pactos entre el Vaticano y el Gobierno español han supuesto, en primera instancia, el apartamiento del padre Cantera como prior de la abadía, donde había destacado por su numantina pero muy inteligente y siempre discreta defensa, en posición dificilísima, de la libertad de la Iglesia y del carácter del recinto confiado a la comunidad benedictina. No siendo descriptivo, el texto es propiamente profético de lo que ese pésimo acuerdo supondrá para la comunidad, para la basílica, para el monumento y para la libertad de la Iglesia, pues se sienta un precedente enormemente peligroso de intervención política y sectaria sobre un espacio sagrado.

Pero quizá lo peor es que, bajo los eufemismos de resignificación y democratización, se abre el camino para la brutal adulteración y parcial destrucción de una de los monumentos más bellos e imponentes construidos en el siglo XX. Una obra total de arte e ingeniería que en cualquier sitio merecería cuando menos respeto, protección legal y adecuado mantenimiento, el que le falta desde hace décadas. Las generaciones futuras nos reprocharán el desastre que se avecina y a la Iglesia española su medroso encogimiento ante unos demagogos sin escrúpulos.

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