Bretón se sale con la suya

El balcón

29 de marzo 2025 - 03:06

Por encima de la creación literaria y libertad de expresión, el libro de Luisgé Martín satisfacía a José Bretón: seguía destruyendo a su víctima e inflaba su maléfico narcisismo. El escritor se compara con Truman Capote, Nicola Lagioia o Emmanuel Carrère. A sangre fría, La ciudad de los vivos y El adversario, dos de ellas editadas en Anagrama, cuentan atroces crímenes como si fuesen ficción, con múltiples fuentes. Pero no son historias comparables a la del asesino cordobés: la persona contra la que actuó Bretón está viva. El odio de su agresor vuelve a golpearla en el libro. Le recuerda a Ruth Ortiz que sigue ahí, puede herirla cuando se lo proponga y nunca se librará de su maníaco enemigo.

Richard Hickock y Perry Smith no conocían al matrimonio Clutter ni a sus dos hijos menores cuando los mataron en noviembre de 1959. Fueron a su casa de Kansas a robar, con la falsa información de que había una caja fuerte llena de dinero. Se llevaron 50 dólares. Los dos jóvenes romanos que torturaron y asesinaron en marzo de 2016 a Luca Varani, apenas le conocían. Eran dos niños bien, hasta arriba de cocaína, pastillas y alcohol, que querían saber qué se sentía al matar a alguien. El estafador Jean-Claude Romand mató a su mujer, sus hijos y sus padres e intentó suicidarse en enero de 1993, para evitar sus reproches si descubrían que no era médico, sino un impostor que había mentido sobre su vida desde los 18 años.

Bretón mató en octubre de 2011 a sus hijos de seis y dos años y destruyó sus cuerpos en una pira a más de mil grados con la cobardía de Romand, la crueldad de Smith y el sadismo de Foffo y Prato… Pero sobre todo, lo hizo por rencor a una mujer inteligente y capaz que quería el divorcio para que ella y sus hijos pudieran ser felices. Hoy Ruth Bretón Ortiz tendría 20 años y su hermano José 16. Su madre repasará los cumpleaños y las efemérides de sus cortas vidas con dolor infinito. La confesión de su asesino no parecía una expiación interior, ni una forma de pedir perdón para aligerar su culpa.

En Herrera de la Mancha, el preso con mirada de robot está entusiasmado por recuperar su macabra popularidad. Ha vuelto a pisotear a Ruth. Y también a la justicia; la sentencia le impedía comunicarse con ella por cualquier medio. El odio no ha sido un buen negocio para Anagrama y le ha dado notoriedad a Luisgé, a pesar de que no se distribuya. Pero para Bretón ha sido un largo y sucio eructo que alivia su soledad y aumenta el calvario de Ruth. Como el malo de un retorcido culebrón, el asesino se sale con la suya.

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