Enrique Gª-Máiquez

El caballo blanco de Santiago

Su propio afán

Cuanto más ridícula se considere la mención de los mitos nacionales españoles, más necesaria será

14 de abril 2019 - 02:06

Arrecian las críticas y las caricaturas a Vox por comenzar su campaña donde arrancó la Reconquista: en Covadonga y bajo la estatua barbuda de don Pelayo (ojo, y con una ofrenda floral a la Virgen). No es un hecho aislado. El día anterior, Vox había ido a la plaza Colón (ejem) a dar su pistoletazo (ejem) de salida bajo la estatua de Blas de Lezo (ejem). Y el candidato por Badajoz, Víctor Sánchez del Real hace su campaña saltando de monumento en monumento de conquistador extremeño.

Las caricaturas quieren rentabilizar el alipori del español típico ante su propia historia. Los críticos no han caído en que esa facilidad tan a favor de la corriente desactiva sus ataques, paradójicamente. Se autodestruyen en quince segundos como aquellos mensajes de Mortadelo y Filemón. Deducirán enseguida mis sagaces lectores que es porque el votante potencial de Vox va a contracorriente, también de esto e incluso especialmente por esto. Mis sagaces lectores tienen razón y la contabilidad de esos votos es lo que importa en una campaña electoral.

Pero que mis sagaces lectores no sean tan abnegados. Piensen ustedes además un poco en sí mismos y en mí, más dados a la timidez, a la voz baja y al trazo fino y retorcido de darle otra vuelta a todo. Los mitos son esenciales para la construcción de una comunidad política. Lo han sido siempre y lo explica muy bien Gregorio Luri en su oportuno libro último La imaginación conservadora. Para contrarrestar los mitos de los nacionalismos periféricos, la Constitución no sirve, porque son juegos distintos, rugby contra voleibol.

Resulta, además, que los mitos españoles son muy potentes y más verdaderos proporcionalmente que los de otras naciones que los exhiben sin remilgos. La Reconquista, el caballo blanco de Santiago en la batalla de Clavijo, el Cid Campeador, Compostela, el Descubrimiento, etc., son epopeyas con más realismo que sus equivalentes franceses (oh, Roldán) o ingleses (oh, Arturo). Quizá porque nos echan en cara nuestra pequeñez actual, tantos apartan la vista, abochornados.

Pero precisamente por eso, al menos en esto, va a tener razón Abascal en que Vox es un partido de extrema necesidad. Lo demuestran esas caricaturas al intento imprescindible y urgente de integrar en nuestra vida política nuestros mitos. Cuando cunda el ejemplo o, al menos, cuando se normalice y deje de dar pie a tantos rechazos, Vox no hará tanta falta como ahora.

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