
La esquina
José Aguilar
Montero intensa...
El balcón
En mayo de 2022, de visita en Sanxenxo, después de dos años en Abu Dabi, una periodista preguntó a Juan Carlos si le iba a dar explicaciones a su hijo, el rey Felipe. Y el emérito contestó indignado: “¿explicaciones de qué?”. Ahí sigue. Por eso demanda por calumnias y difamación a un político populista empeñado en zaherir el origen de su fortuna, sus evasiones fiscales y correrías sexuales en platós o redes expertas en bajos instintos, bajo vientre y bajos fondos. Este affaire no ayuda al prestigio de la Corona.
Un rey emérito de 87 años pleitea por su honor mancillado contra un influencer de 82. Además de octogenarios, los adversarios tienen cosas en común. Antes, tuvieron una relación cordial. Juan Carlos I había pilotado con tino la transición a la democracia y existía un manto de silencio sobre su vida particular. Y el presidente de Cantabria Miguel Ángel Revilla le rendía pleitesía, como muchos españoles. Antes de antes, sus expedientes no son intrascendentes. Al emérito lo nombró Franco sucesor a título de rey en 1969. Por entonces Revilla era falangista y daba conferencias en la Jefatura Local del Movimiento de Torrelavega, sobre la unidad de destino en lo universal y el pensamiento de José Antonio.
La demanda no es asunto mundano. Además de combustible para revistas del corazón, es un pleito con aire constitucional: un rey en defensa de su honor contra un plebeyo que le considera desnudo de semejante cosa. Protagonistas notorios, de parecido estilo espontáneo. Ángeles Caballero lo ha definido como un duelo entre campechanos. Revilla es muy popular; ha conseguido confundirse con el hombre de la calle; cada vez que va a El Hormiguero hace récord de audiencia. Mal adversario se ha buscado Juan Carlos para intentar un escarmiento individual al coro de ciudadanos decepcionado por sus ingresos millonarios, incumplimientos fiscales o indiscreción en sus relaciones íntimas.
Revilla le ha sacudido al emérito como cualquier otro. Como él mismo dice, menos que Corinna Larsen o Bárbara Rey. Así que aprovecha para retar a su demandante a acudir al acto de conciliación previo a que estudie la demanda un juez. Quizá ha sido una torpeza mayúscula de Juan Carlos que se sentencien sus actos de manera indirecta, ya que no podían ser juzgados; el artículo 56.3 de la Constitución considera al rey inviolable y no sujeto a responsabilidad. La guinda la pone que ha elegido de abogada a la misma que representa a Alberto González Amador, el novio de Ayuso, por dos presuntos fraudes fiscales. La España castiza, toda junta.
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