La aldaba
El rumbo de María jesúsEl fervor mitinero y el fervor tuitero
En tránsito
En el Louvre puede verse una estela de basalto que mide más de dos metros. Esa estela tiene 4000 años y fue mandada construir por un rey de Babilonia que se llamaba Hammurabi (algo así como “nuestro padre el que sabe curar”). En signos cuneiformes, esa estela recoge las normas legales que debían aplicarse en el Imperio de Babilonia, eso que ahora se conoce como el Código de Hammurabi. “Si un hombre imputa a otro prácticas de brujería pero no las puede probar, el acusado de brujería irá al río y se arrojará a él. Si el río logra arrastrarlo, su acusador le arrebatará la hacienda. Pero si el hombre sale purificado del río y sale sano y salvo, el que lo acusó de brujería será castigado con la muerte”. Eso estipulaba el código sobre las personas que acusaban a otras de un crimen o un delito. La prueba del agua podía parecer una norma cruel –y lo era–, pero al menos establecía un límite para las acusaciones infundadas y los falsos testimonios. Si el acusado salía vivo del río, el que lo había acusado en falso sería condenado a muerte. Poca broma. Y eso ocurría hace ya cuatro mil años.
Cualquier persona mínimamente sensata sabe que existen las acusaciones falsas. En la Biblia, por ejemplo, se cuenta la historia de Susana y los viejos. Una hermosa joven, Susana, se bañaba desnuda en un río. Tres viejos lascivos la vieron y le exigieron que se acostara con ellos. Como ella se negó, la acusaron de adulterio, y sólo el profeta Daniel logró salvar a la pobre Susana de morir lapidada. Esta clase de historias se cuentan desde tiempos inmemoriales en todo el mundo. Y parece mentira que un país que vivió la avalancha de acusaciones falsas que se produjeron durante nuestra guerra civil –una de esas acusaciones falsas le costó la vida a Lorca– no esté capacitado para entender la importancia trascendental que tiene la presunción de inocencia en una sociedad civilizada.
Y ahí es donde aparecen María Jesús Montero y las feministas que se niegan a admitir el principio elemental de la presunción de inocencia. Si no hay pruebas concluyentes de un delito, una denuncia debe ser archivada. No hay más. El ser humano –cualquier ser humano– es capaz de mentir y de manipular y de acusar en falso a otro, así que toda ley debe exigir pruebas determinantes que confirmen el delito. Hace 4000 años lo sabía el rey Hammurabi. Pero hoy nos empeñamos en olvidarlo.
También te puede interesar
La aldaba
El rumbo de María jesúsEl fervor mitinero y el fervor tuitero
Crónicas levantiscas
Juan M. Marqués Perales
Montero puede petar
La Rayuela
Lola Quero
Puente de plata a la privada
Envío
Rafael Sánchez Saus
Abandonado a sus enemigos
Lo último