
El mundo de ayer
Rafael Castaño
Velero de dos velas
El lanzador de cuchillos
Uno. La inmigración ilegal es un problema, sí. Pero lo es, sobre todo, para esos muchachos negros que llegan a Canarias – esta Navidad, más de 2.000– con la esperanza de hallar una tierra de acogida y lo que encuentran es desconfianza, rechazo y calumnias preventivas. La derecha nacionalista –centrífuga y centrípeta– apela constantemente a las tradiciones cristianas, pero muestra una escasa empatía con los desheredados de la tierra –el papa Francisco advierte que no hay que confundir tradición, que es la fe viva de los muertos, con tradicionalismo, que es la fe muerta de los vivos–. Los buxadés, orrioles y puigdemones son católicos de atrezzo. Defensores falsarios de la moral y de la patria, son, en realidad, unos desalmados que están a dos desembarcos del desfile con antorchas y la quema de campamentos.
DOS. El niño que ha nacido en Belén es el del Cuerno de África, el de los slums de Bombay, el de las favelas de Sao Paulo. El oprimido, el refugiado, el último de la fila. Muchos católicos autoproclamados, de los que apelan constantemente a las raíces cristianas de Europa y toman el nombre de Dios en vano, le volverían a negar la posada. Propensos a los golpes de pecho, el día que Jesús la emprendió a latigazos en el templo, se habrían puesto de parte de los mercaderes.
TRES. Una activista en top less del grupo feminista Femen intentó hace unos días “robar” la figura del Niño Jesús del pesebre de la Plaza de San Pedro en Roma. La joven saltó las barreras que protegían el belén instalado por el Vaticano, pero fue inmediatamente detenida por la Policía. La protesta, explicó el grupo Femen en un comunicado, fue organizada para llamar la atención sobre lo que dicen es “el secuestro de más de 700.000 niños ucranianos por parte de Rusia y la inercia del Papa y las instituciones internacionales”. Me da que el niño se habría ido con Ylenia de buena gana.
CUATRO. Jesús –el auténtico, el hijo del hombre– está en la risa contagiosa de un chiquillo y en la angustia de un tipo que mira el precio de las alpargatas. Está en la rosa que se abre y en los mendigos que se afeitan sin jabón en el espejo del río. Está en la luz nueva de la mañana y en la noche helada de las cañadas (ir)reales de la heroína. Está en ti –amable lectora– y en el senegalés que duerme bajo unos cartones a la entrada de tu casa.
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