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Au-dessus de la mêlée (editado en España como Más allá de la contienda con prólogo de Unamuno en la edición de ContraEscritura y de Zweig en la de Nórdica) se llamó el famoso manifiesto pacifista publicado por Romain Rolland el 22 de septiembre de 1914 como un suplemento de Le Journal de Genève. Generó una ola de protestas y descalificaciones que iban de acusarlo de traidor a sueldo de los alemanes a elitista que se situaba por encima del conflicto. Un año más tarde publicó un pequeño volumen en el que reunió este texto y otros artículos escritos durante la dura batalla librada contra él.
Idealista, luchador incansable por la paz, intelectual fascinado por la filosofía y la mística oriental (Hesse le dedicó su Siddhartha) y hombre a la vez honesto y lleno de contradicciones que admiró a Gandhi y a Stalin (si su íntimo amigo Stephan Zweig lo llamó “la conciencia de Europa” su también amigo Victor Serge le acusó de “dejarse cubrir por la sangre derramada por una tiranía [la de Stalin] de la que era un fiel adulador”), Rolland quiso hacer con su manifiesto un dramático llamamiento a lo que intuía, como al final resultó ser, una estéril carnicería tras la que Europa quedaría irremediablemente destrozada en su cuerpo y su espíritu.
En las últimas páginas del manifiesto escribe: “Cuando la guerra termine, pues en estos momentos el mal está hecho y crímenes demasiado grandes se han cometido ya, Europa no puede pasar una esponja sobre las violencias cometidas. Pero un gran pueblo no se venga, restablece el orden. Nuestro primer deber será impulsar la formación de una Alta Corte Moral… Debemos construir una sociedad justa y sin odio. Sé que estos pensamientos tienen pocas posibilidades de ser escuchados hoy”. Hoy y mañana, porque sabemos lo que pasó a partir de 1918 y las consecuencias que trajo, junto a otros factores, en 1939.
Me acordaba de Rolland leyendo sobre el manifiesto pacifista firmado por quienes un diario llamaba “personalidades de la cultura” con un ciertamente generoso uso del término, leído en las puertas del Congreso mientras Sánchez defendía la necesidad de incrementar el gasto en defensa. Cuestión espinosa esta del pacifismo. Rolland tenía razón en 1914, pero Chamberlain y Daladier, y los pacifi stas que los apoyaron, no la tenían en los años 30. Es más, cesión a cesión engordaron al monstruo que devoró Europa en 1939.
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