
En tránsito
Eduardo Jordá
Sobre ‘El odio’
Son malos tiempos para la lírica. Estamos teniendo una triste racha de fallecimientos. Puede que ocurra siempre, por desgracia, pero en algunos momentos se nota más. Y en este caso se nota mucho, porque ha fallecido Gonzalo Córdoba, que era una referencia para Cádiz. Sin ánimo de hacer la competencia a Pepe Monforte y sus discípulos de las cosas de comer, se debe catalogar a Gonzalo como el verdadero padre de la buena cocina en Cádiz. No de la nueva cocina, que otros inventaron después, sino de la buena cocina, que ya estaba inventada por las madres y las abuelas. Pero había que ponerla en un restaurante gaditano de categoría. Y eso es lo que consiguió Gonzalo Córdoba hace más de 60 años, cuando abrió El Faro.
Un Faro que iluminó al Cádiz de una época. En Cádiz los restaurantes de los años 60 eran El Anteojo de Pepiño Ferradans, con sus mariscadas, y El Faro de Gonzalo Córdoba, que abrió en el barrio de La Viña una ventana gastronómica a la Caleta. Con el tiempo, El Faro se quedó con la exclusiva de ser el mejor restaurante de Cádiz, por no decir el único a la altura de las circunstancias. Por allí ha pasado todo Cádiz. Unos para las comidas de empresa y otros para las celebraciones familiares. De todo hubo en la Viña de Gonzalo.
Recuerdo que en 1998, cuando yo llegué a la dirección de Diario de Cádiz, almorzaba en El Faro tres o cuatro días a la semana. Eran los tiempos en que la redacción todavía estaba en la calle Ceballos. Era el tiempo de los almuerzos de trabajo, que se han perdido. Entonces nadie los consideraba casos de corrupción, y se comía lloviera o venteara. Y allí almorzaba todo Cádiz y parte del extranjero. Servía para las relaciones sociales e institucionales. Y también servía para los aniversarios, bautizos, bodas y demás. Porque para comer bien en Cádiz se iba a El Faro.
Quizás Gonzalo no inventó nada, sino que elevó su oficio. Las tortillitas de camarones y la dorada a la sal no tienen misterio. El misterio era que salieran para chuparse los dedos. Hacer las cosas bien le llevó al éxito. Aunque en los últimos años no le faltaron envidiosos, que no le daban los puntos que merecía en algunas guías. A pesar de que creó escuela como padre de la buena cocina gaditana, continuada por sus hijos: Fernando en El Puerto de Santa María, por José Manuel en el Ventorrillo del Chato y por Mayte en el restaurante matriz de la viñera calle San Félix.
Gracias a Gonzalo, en Cádiz se come mejor. Y gracias a su amabilidad y simpatía, se quedará en las fotos y en el recuerdo de muchos gaditanos.
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