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Confabulario
Manuel Gregorio González
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Los preparativos para la celebración del día de Andalucía, pasado mañana, nos dan una pista sobre la sensibilidad del partido gobernante en relación con la región y su particular visión de la autonomía dentro de la realidad española que, dicho sea de paso, tampoco ha cambiado sustancialmente con respecto a los ya casi olvidados gobiernos socialistas. Como en aquellos tiempos, por Las Cinco Llagas reina en el ambiente una distendida cordialidad, muy alejada de la bronca diaria del Congreso, con el viento de cola de las buenas expectativas electorales para Juanma y compañía, por mucho que levante la voz María Jesús Montero.
Para confirmar que el mar sigue como un plato en la política andaluza, basta con detenerse a mirar la lista de agraciados con las distinciones que se otorgarán el viernes en el teatro de la Maestranza sevillano. Como en otras ocasiones, es el del espectáculo el ámbito más premiado (ahora nos enteramos que Karina es de Jaén…), donde nombres muy reconocibles por el gran público como nuestro Jesús Navas o el humorista Manu Sánchez encajan bien en el tipo de fiesta amable que se busca, donde incluso el andalucismo más identitario tiene su hueco con la creación del premio Manuel Clavero, este año concedido al grupo cordobés Medina Azahara, como el año pasado lo fue al mítico Jarcha, tan pegado a la memoria de la Transición.
Es en este andalucismo soft, de baja intensidad pero bien engrasado a través de sus terminales sociales y mediáticas, donde el Partido Popular andaluz ha cimentado su crecimiento como partido de gobierno, y que no parece vaya a perder solidez por mucho que le intenten mover el tablero, a derecha e izquierda. En la política española, esa inestabilidad relativa que se advierte en el plano nacional se pierde cuando se desciende al nivel autonómico, donde los gobiernos suelen durar favorecidos por el enorme peso de las competencias crecientes a todos los niveles que suelen ser bien recompensadas por un electorado generalmente refractario a los cambios.
Uno, naturalmente, querría ver mejor recompensado en estos premios el esfuerzo y el talento menos jaleado (qué se yo, un Bonilla, un Salvago…) sobre cierta cultura sobrevalorada, pero para qué vamos a disgustarnos. Celebremos que, con todas sus carencias y frustraciones, estamos aquí, viviendo en el mejor sitio que se puede vivir. Aunque, al final, tengamos que aguantar al pelma de Pablo Alborán cantando el himno de Andalucía.
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