La Princesa y la prostituta

Por montera

05 de abril 2025 - 03:05

En esta España moderna, se revela una contradicción tan aguda como incongruente: la de la princesa, destinada a vivir bajo el escrutinio público, y la prostituta, cuya intimidad se preserva con un respeto casi reverencial. La princesa Leonor, adolescente aún, ve su vida disecada con una fiereza social implacable. La sociedad, con una exigencia implacable, demanda de la Princesa una perfección inhumana. Su formación, sus comportamientos, su apariencia física, si toma cerveza o mantiene relaciones íntimas, todo está bajo constante vigilancia. Esta joven, que simboliza la pureza y la rectitud, es desnudada públicamente en portadas y televisiones, mientras que la figura de la prostituta, Jesica Rodríguez, estigmatizada por su condición profesional, goza de una curiosa veneración en los medios por su capacidad y la de todos de preservar su identidad. Las dos mujeres, aunque en extremos opuestos de la moral social, reflejan una misma realidad: la de una sociedad que aún no ha aprendido a valorar la dignidad humana en su totalidad. Leonor, con su vida de sacrificio y entrega, es asediada sin compasión por los mismos que la deberían respetar. La prostituta, por su parte, es protegida en su anonimato, un anonimato que, paradójicamente, le confiere una dignidad que la Princesa parece no merecer. En el fondo, la verdadera cuestión no radica ahora en las acciones de estas dos mujeres, sino en la reacción desmedida de la sociedad ante ellas. El respeto por la identidad y la intimidad de una prostituta supera al que se tiene por una princesa en bikini, revelando así las falacias sobre igualdad y derechos. La vida de la Princesa, lejos de ser un cuento de hadas, es un campo minado donde cada paso en falso es motivo de condena. La prostituta de catálogo, oculta tras su velo de anonimato, es venerada en su capacidad de reserva, que la redime ante los ojos de una dudosa moral. Moral de la que ella también carece al aceptar viajar a todo trapo con un ministro y nuestro dinero y trabajar en empresas públicas sin preparación robando la oportunidad a los esforzados trabajadores. Se puede ser prostituta pero también digna. En esta paradoja, resuena la crítica a una sociedad que, bajo una supuesta modernidad, sigue anclada en prejuicios y privilegios anacrónicos. Leonor trabaja por ganar respeto; la prostituta enchufada se desprecia a sí misma. Y en este juego de apariencias, somos nosotros, como sociedad, quienes debemos aprender a discernir entre lo meritorio y la desvergüenza.

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