Salvar las azoteas gaditanas

21 de marzo 2025 - 03:05

Se nota que en Cádiz quedan ya menos lectores de José María Pemán. Este escritor gaditano calificó a la ciudad como “señorita del mar y novia del aire”. Debería estar grabado en alguna lápida, de las que suprimieron los rencorosos del odio histórico. Y significa que Cádiz es tan importante para el mar como para el aire. Cádiz es más bonito a vista de pájaro. Cádiz desde el cielo es una ciudad privilegiada. Y he escrito otros artículos en defensa de las torres miradores. Algunas se han perdido y otras siguen en el proceso de destrucción. Por eso, construir unos adefesios en las azoteas es pecado mortal y la Comisión del Patrimonio no lo debería consentir, si es que esta comisión sirve para algo.

He visto el reportaje que publicó José Antonio Hidalgo, sobre lo que ha calificado como torres miradores del siglo XXI. En realidad, no se puede decir que sean miradores; pues, como su nombre indica, un mirador sirve para mirar. Un mirador sirve para otear el horizonte. Un mirador servía para ver a los galeones, las goletas, los bergantines y aquellos barcos que llegaban al puerto de Cádiz, desde Buenos Aires, Montevideo, Veracruz, La Habana, Cartagena de Indias, el Callao peruano… En fin, cuando se trasladó a Cádiz la Casa de la Contratación y se instalaron esos mercaderes que aún mantienen el recuerdo en muchos apellidos gaditanos, procedentes de otras tierras.

Nada que ver con los adefesios levantados para encapsular instalaciones de comunicaciones. Hasta en eso hemos salido perdiendo. En el edificio del antiguo Gobierno Militar, que ahora pertenece al Rectorado de la UCA, está la primera torre telegráfica, que fue autorizada en 1805. Han pasado 220 años y hemos empeorado en ese tiempo. Es incomparable esa espléndida torre con los adefesios contemporáneos.

Las azoteas de Cádiz, con las torres miradores, podrían ser una de las aportaciones al Patrimonio de la Humanidad. En otras ciudades, como Barcelona, Madrid o Sevilla, han puesto en valor las terrazas en las alturas, que se las disputan los hoteles de lujo y se abren al público. En Cádiz, que entonces era una gran ciudad, hay azoteas y miradores, pero con un uso minoritario para sus posibilidades. En vez de realzar ese potencial histórico y artístico de la ciudad, se pretende justo lo contrario: afear el panorama, mientras sigue la destrucción de los miradores auténticos.

La Torre Tavira fue una excepción, que se ha mantenido, no sin dificultades, gracias sobre todo al empeño de Belén González Dorao. Es triste que los tiempos vayan a peor, entre la general resignación.

stats