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Si viera por primera vez esta foto antigua, diría que este hombre de ojos caídos y tristes, este bigotillo de puntas engominadas, este peinado y vestir bien compuestos, son de un Proust joven. Lo que ocurre es que este señor no es Proust, sino otro escritor, este de Utrera, la sombra de un velero que navega con dos velas: Joaquín Álvarez Quintero.
Los Álvarez Quintero son como ciertos vecinos de los que tal vez conocemos el tono de su voz y sus manías, pero a los que jamás hemos dirigido la palabra ni el recuerdo. El programa Imprescindibles de la 2 mostró hace poco a España la vida de estos autores en los que conviven el éxito y el olvido, el afecto popular y el rechazo intelectual. El documental hizo honor a ese nombre, “imprescindibles”, porque verlo fue como despertar de un mal sueño. ¿Quién conoce a los Álvarez Quintero, a los de verdad, no a esa sombra que es como la de los espíritus que encuentra Ulises en el reino de los muertos?
Los conocen los viejos, los conoce mi abuela, los conocía el pueblo. Los Álvarez Quintero habitan un mundo de libros de viejo, de portadas mohosas, de olor a lignina, de forillos y almidón, de llavines y baúles. Son unos apellidos que a la mayoría de nosotros nos hablan de algo vago y gracioso, de comedias breves, de coplas, de chistes, guitarras, macetas. Los hemos olvidado por lo mismo que hemos olvidado tantas otras cosas: porque nuestro pasado se enreda en la guerra y el franquismo. Estos hermanos no se metían en política, y al hacerlo eran los más políticos de los autores, y es quizás por eso que, ya muertos, la dictadura los hizo suyos.
Es quizás por eso que el documental desde su inicio aborda facetas incómodas: los estereotipos, el machismo, la simpleza. Era un teatro de su tiempo, visto por todos, denostado a veces, que muchos años después parece haber alimentado esa figura del andaluz graciosillo y pasional, esclavo de sus instintos, cateto, cantando en su patio, regando sus flores, del que tanto nos ha costado o nos cuesta aún desprendernos. Era y es una molestia, una túnica de Neso, literatura que a ciertos andaluces, más cernudianos, que preferimos lo triste, lo complicado, lo perverso y lo imposible, nos parece un divertimento vacío y falso e injusto. Pero antes del tiempo, antes de la guerra y de la herida, todos los querían. Y no dejo de pensar en su última foto juntos, protegidos por Melchor Rodríguez, el ángel rojo, el alma buena que nació en San Jorge, mientras las bombas destrozan el mundo amable que sus ojos alumbraron. Fueron andaluces también, fueron verdad también, también nuestra verdad.
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