Salvador Moreno Peralta

Arquitectos

La tribuna

11716675 2025-04-04
Arquitectos

04 de abril 2025 - 03:03

Tras muchos años indagando sobre las razones del abismo, con frecuencia insalvable, entre lo que la sociedad demanda de los arquitectos y lo que éstos respondemos, creo que la brecha se debe a habernos tomado demasiado al pie de la letra la legendaria sentencia atribuida a Vitruvio según la cual la Arquitectura es la conjunción armoniosa de solidez, utilidad y belleza. Sorprende que hayamos tardado tanto tiempo en percatarnos de que la Arquitectura no se inventó únicamente para ser sólida, funcional y bella sino para responder adecuadamente a las necesidades del ser humano: un marco para la vida, que es una cosa compleja, impredecible y aleatoria, de forma que intentar condicionarla con nuestros edificios corría el riesgo de intentar retener el agua en un recipiente agujereado.

En cualquier caso la Arquitectura es, sí, un oficio útil, y no es arrogante afirmar que, en general, a los arquitectos se nos ha preparado bastante mejor que a nuestros clientes a la hora de dar una respuesta cabal a sus demandas, pero sí es atrevido obligar que los usuarios acepten – acríticamente– la forma de vida que nuestros proyectos proponen. Es sintomático que muchos arquitectos no quieran que aparezcan personas de carne y hueso en las fotos que de sus edificios publican las revistas y webs de Arquitectura. Sólo toleramos personajillos virtuales en las infografías del ordenador, para referenciar esa impostada oferta de vida feliz que nos amaña la informática, en connivencia con políticos y promotores. En su ensayo El respeto, Richard Sennett analiza muy bien cómo las recurrentes experiencias de vivienda social habidas desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días trataban del “diseño de una vida y no sólo de una casa”. Con mordacidad, Sennett denuncia el recurrente empleo de la “vivienda social ” como laboratorio de problemas no resueltos en la sociedad general. Y así, los arquitectos hemos sido siempre unos moralistas contrariados por el hecho de que la gente no viviera dentro de nuestros proyectos conforme a como nosotros lo habíamos previsto. Lo primero que hace el usuario al entrar en una casa es marcar el territorio cambiando lo que sea necesario para acoplarlo a su escala de valores de forma que, en la medida de lo posible, ese habitáculo testimonie su idea de la felicidad, siempre distinta a la del arquitecto. Entonces, se dirá, ¿el arquitecto no tiene margen para hacer nada? Sí lo tiene, y mucho, siempre que se preocupe de escudriñar –con humildad y criterio– en el interior de las personas y en la naturaleza de su entorno para poder encauzar la vida hacia formas arquitectónicas que encierren valores culturales superiores… porque la Arquitectura educa socialmente, siempre que no se imponga con la odiosa petulancia de quien establece con ella una línea divisoria entre “entendidos” y “los que no entienden”.

Hubo un tiempo en el que la arquitectura se fundía de una manera sosegada y respetuosa con las leyes no escritas de la colectividad: por ejemplo, la de todos los arquitectos, a veces anónimos, que dieron coherencia a los centros históricos de nuestras ciudades. Todavía aquí, en la Andalucía de la primera mitad del siglo XX, una pléyade de profesionales acertaban a insertar sus voces en la conversación cordial de la ciudad: los Pérez Carasa en Huelva, los Strachan y González Edo en Málaga, OTAISA, Galnares, Barbontín de Orta y Delgado Roig en Sevilla, Pajares Pardo en Jaén, Rebollo Dicenta en Córdoba, Fernando de la Cuadra y Sánchez Esteve en Cádiz y muchísimos otros que, concordando modernidad con discreción, estaban construyendo paso a paso el armazón simbólico de nuestra ciudadanía. Por su parte, las singularidades, los monumentos, estaban ahí para poner acentos en el discurso, contribuyendo a perfilar lo que Christian Norberg Shulz llamaría el “espíritu” del lugar. Pero un día infausto la razón política conminó a la razón arquitectónica para desoír los mensajes de ese lugar, llenándolo de estridentes cacharros con los que llamar la atención y sacar así nuestra acomplejada cabecita del hirviente puchero de la competencia urbana. Se valoró el berrido individual publicitario, en vez de proferir un jubiloso grito desde la raíz de los anhelos colectivos o, simplemente, de atender las necesidades de la vida alrededor, que es donde los arquitectos podían hacer su mejor contribución, modelando poco a poco la ciudad con la destreza, inteligencia y capacidad de innovación para la que se suponían preparados. Al final se acabaron imponiendo los toscos ladrilleros y los petulantes fabricantes de iconos; el resto se dedicó a malvender un talento que la sociedad no quería comprar, porque ya no hubo forma de convencer a nadie de que, desde la solidaria armonía de su arquitectura, trasunto de la civilidad de sus habitantes e instituciones, el mejor icono de una ciudad era, a fin de cuentas, ella misma

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