La tribuna
Tocando a las puertas de la inmortalidad
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No sé en qué momento nos despertamos con la resurrección del inquietante botón rojo, ese lejano recuerdo de la Guerra Fría que creíamos arrumbado en los desvanes del siglo XX. Pensamos que aquel artilugio de nuestra infancia que supuestamente estaba en los despachos de los todopoderosos era un objeto del pasado, un artefacto a medias entre el terror y el aire lúdico de los primeros videojuegos. ¿Era posible activar el fin del mundo sólo pulsando un botón? ¿Y si por error alguien rozaba ese mecanismo infernal?
El botón rojo era el cuento de terror habitado por ogros y villanos en versión moderna. El veneno de las madrastras destilado en una bomba nuclear. Era tan absurdo como pavoroso. Pero ahora vuelve a la actualidad. Y regresa adaptado para líderes aún más degenerados que los de aquella época de miedo.
Con el botón rojo vuelve el tiempo de los infames, del caos y la incertidumbre. Retorna la palabra guerra brotando en la esquina de todas las frases. Y ya empieza a ganar puntos para que sea el término más escrito y pronunciado en las estadísticas anuales de la Real Academia Española.
De pronto ha saltado a nuestra vida cotidiana la artillería del léxico de combate. Y en los telediarios vemos que la actualidad es ahora el despliegue de unos ejercicios navales de la OTAN en las playas de Cádiz. Menudas postales de verano se avecinan. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué hemos entrado de repente en esta cartografía belicista?
En su libro El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Stefan Zweig narraba de forma espléndida y escalofriante cómo se inició la Primera Guerra Mundial. El escritor austríaco describía aquella Europa que había vivido ensimismada, creyéndose invulnerable gracias al sistema de alianzas entre potencias que permitió una paz artificial durante buena parte del siglo XIX. Hasta que comenzaron a aparecer ciertas señales que aparentemente no llamaban la atención. La gente sencilla polemizaba sobre el avispero de los Balcanes como si fuera un asunto crucial en sus anónimas vidas. Y los jóvenes mostraban su fascinación por la aventura militar. Había sido una generación que vivía en un mundo aburrido y sin emociones. Por eso reivindicaban el derecho a tener su propia guerra, como había ocurrido con los que les precedieron. Creyeron que el conflicto, que se inició en las apacibles tardes del verano de 1914, terminaría por Navidad. Pero no fue así. Aquellos jóvenes se convirtieron en la generación europea más desgraciada. Los que lograron sobrevivir a la carnicería de las trincheras tuvieron que luchar en otra guerra que fue aún peor que la primera.
Ahora ha comenzado de nuevo el rearme en Europa. Y al viejo continente le ha pillado por sorpresa. Quizás es que estábamos pensando en otras cosas mientras otros construían el territorio del miedo. Aquí intentábamos evitar que se derrumbara el Estado del bienestar que se levantó precisamente en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial. Europa fue entonces un lugar ejemplar. En el mismo escenario que arrastraba los horrores del siglo se construyeron los cimientos de defensa de la libertad y de los derechos sociales. Sí, tal vez es que estábamos demasiado distraídos intentando impedir la voladura gradual, lenta y casi imperceptible con la que están atacando los pilares de la democracia. Y es una paradoja cruel que, cuando se está desmantelando la sanidad y la educación, se reivindique el gasto militar como una prioridad en la que nos va la vida. Como quizás así sea…
Como europea convencida y orgullosa de serlo, lamento que el viejo continente, a pesar de los errores y pesadillas que arrastra en su memoria, no sea el eje de la actual geopolítica mundial. Por el contrario, ahora lo son países en los que no existe la democracia, ni los derechos, ni las libertades y, por supuesto, tampoco el Estado del bienestar. Y la América que alguna vez fue referente de algo parecido va camino del desastre por seguir a un loco lleno de furia y estupidez.
Pero cuidado, en nuestra querida y maltrecha Europa también damos muestras del fracaso. Porque es un fracaso –con un punto de ridículo– el anuncio que la Unión Europea ha hecho para que los ciudadanos tengan un kit de supervivencia en previsión de un desastre natural, una crisis energética, nuevas pandemias o una guerra, claro. Así que aquí estamos en la civilizada Europa, pensando qué meter en la bolsita del apocalipsis, mientras unos locos estúpidos y furiosos están ya acariciando la morbosa redondez del botón rojo.
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