La polarización

La tribuna

11729136 2025-04-05
La polarización

05 de abril 2025 - 03:05

No hace falta esperar a los miércoles para asistir, en directo desde el Congreso de Diputados, a la sesión de control al Gobierno y ver en esa representación teatral –de teatro del absurdo casi siempre en el que un personaje pregunta: “¿de dónde va a sacar dinero para tanques?”, y otro contesta: “A usted lo que le pasa es que le tiene miedo a la presidenta de Madrid”– un índice nítido del nivel de polarización que sufre el país. Cada día puede evaluarse ese nivel si tiene uno la curiosidad y el estómago suficientes para demorarse leyendo los comentarios del personal en algunas noticias, ya sea en medios claramente inclinados –por no decir tumbados– a la izquierda o tumbados –por no decir enterrados– a la derecha. Aunque haya nostálgicos que, siguiendo la ley principal del recuerdo que es tergiversar lo verdaderamente ocurrido para ofrecer una versión más idónea a los intereses de cada cual, digan que el Congreso de hoy ha tocado fondo en comparación con el noble parlamentarismo del pasado, lo cierto es que polarización en ese teatro ha habido siempre, desde “el tahúr del Misissipi” de Alfonso Guerra, al “Váyase, señor González” de Aznar, ha oído uno en esa cámara auténticas barbaridades, y leído muchas otras, porque basta repasar crónicas de los debates parlamentarios de la II República para darse cuenta de que lo milagroso es que en algún momento no se desenfundara alguna pistola –que había parlamentarios que la llevaban–. En esas crónicas –un libro en el que puede consultar el lector algunas de las más apasionantes es Huellas de las Constituyentes del periodista, luego asesinado, Luis de Sirval, pero también dejaron volúmenes sobre sus experiencias de cronistas parlamentarios Azorín, Fernández Flórez, Julio Camba, Umbral o Carandel: se diría que uno no es periodista del todo si no junta en un tomo una gavilla de crónicas parlamentarias– se aprende, por ejemplo, que las discusiones se prolongaban hasta las tantas, que entonces se vivía de noche porque se hacían recesos para que los diputados fueran a cenar, que hubo plenos que se adentraron en la madrugada y votaciones al alba.

Y pasa que luego uno ve reflejada esa polarización en la vida cotidiana a cada paso: llaman a la puerta, es el cartero, me ha entregado ya tantos paquetes que ni tengo que decirle mi DNI, si me trae un sobre con una invitación de Libres e Iguales me la da de mala gana como reprochándome que una organización liberal, o sea, facha, sepa donde vivo, pero la cosa se arreglará al día siguiente si me llega una invitación a algún acto del Instituto Cervantes, de cuyo director mi cartero se sabe poemas enteros. Voy a desayunar a El Mudo y otra vez la polarización se me presenta con todo su descaro: los que piden té son claramente wokes y quien ensucia el café con un poco de brandy seguro que es votante de la ultraderecha, y que estén compartiendo mesa y hablando de cualquier cosa no impide que se note ahí una tensión que sólo el hecho de estar rodeada de público –polarizado, por supuesto– llegue a las manos. En la compra en el súper la polarización que padece el país llega a evidencia irrefutable: se ve en esos pasillos como se evitan en las estanterías donde por fuerza hay que coincidir –papel higiénico, frutas y verduras– pero siempre hay alguno de alguna facción que tiene que poner voz a su militancia con un “qué vergüenza que no se haga nada contra estos precios” o un “malditos empresarios que no renuncian a un céntimo de ganancia a pesar de la miseria que pagan por estos tomates”. En la caja hay filas de izquierda y de derecha, es fácil comprobarlo por lo que llevan: las grasas saturadas denuncian simpatía política. Para huir de la polarización me siento al sol en una terraza y otra vez igual: el sol es en estos días, tras varias semanas de lluvia, un ariete de la derecha. Quienes se burlaban del cambio climático estaban aterrorizados con el desbordamiento de los ríos. Ahora que la cosa se calma vuelven al “siempre ha llovido así”, mientras que del otro lado se dirá en voz alta que este sol de la infancia y estos días azules son solo el comienzo de un verano africano en el que van a caer muchos que no puedan pagarse aires acondicionados.

Vuelvo a casa. Brujuleo en comentaristas de uno y otro bando para mantener en buena forma la polarización que se ve en el parlamento. El Congreso, idealmente, debe representar la sociedad que lo ha elegido para formular mediante leyes nuestro devenir, pero, gracias a la importancia que prestan los medios, y a la necesidad de exageración y exuberancia de los actores de ese teatro nacional, parece haber conseguido darle la vuelta a su naturaleza: se ha propuesto que la sociedad sea mera representante de quienes ocupan los escaños, y contagiarla de sus, a menudo, estúpidas disputas y poses de personajes que están convencidos de que en el futuro les está esperando un biógrafo. Por fortuna, ni mi cartero, ni las cajeras del supermercado, ni los clientes de El Mudo, ni los que toman el sol en la terraza se lo toman muy en serio. Dudo que pudieran decirme el nombre de cinco ministros o de los portavoces de la oposición. La polarización es mero entretenimiento a la que dan combustible quienes confunden la sociedad con las redes sociales, y el absurdo teatro legislativo con una cotidianeidad con la que, seguramente para curarse en salud y seguir desarrollando sus carreras de actores, prefieren no tener ningún contacto con ella, no vaya a ser que se les desgracie un negocio cada vez más deprimente que por fortuna apenas representa a los forofos de uno y otro bando.

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